Nietzshe y el cristianismo??

“Hay que superar la nihilidad axiológica para que triunfe la vida y su instinto creativo (…). Se prupugna amar el destino trágico de la ausencia de fundamento, como espíritu libre, capaz de autocrearse a través de la voluntad de poder y de una transmutación de valores (…). “Incipit tragedia” es la invitación que aporta mayores posibilidades de emancipación” (MARCELINO, Ricardo Rivas, Metáfora y mentira: aproximación al concepto de cultura en Nietzsche)
Se propone, en efecto, no solo la ausencia de valores (o tan solo una transmutación de valores), sino, sobretodo, la invitación que aporta mayores posibilidades de emancipación. En este sentido la propuesta nietzcheana tiene mucho que ver con la propuesta cristiana. ¿por qué cristiana? La invitación a sobrepasar aquel egipticismo demoledor, a estar allende enajenaciones que tienen su causa en construcciones elaboradas a partir de aquellos que tampoco desde la razón pero si desde el poder, llámese poder a toda posición social que ordene y de algún modo gobierne o rija las minorías, coaccionan el pensar colectivo, y de ser presencia incómoda (al modo del superhombre, en el sentido de ser principio creador, puro, de ser el espíritu libre, de ser el valiente que se enfrenta ante este mundo real. De esta manera el cristiano debe pretender la realización de la justicia, del amor, del orden social, y no debe tener como ideal más que la libertad, que está incoada en todo cristiano en tanto impronta divina). Lo preciso es que no se trata de morir, ni en Nietzche ni en la Biblia, sino de vivir la vida, enfrentándose a ella.

“Habla el desengañado: buscaba grandes hombres y no he encontrado nunca más que monos imitadores de su ideal” (NIETZSCHE, Friedrich, El crepúsculo de los ídolos o cómo se filosofa a martillazos, Máxima 39, Ed. Tomo, México, 2004). Dirá el neófito cristiano desengañado: buscaba grandes hombres cristianos y no he encontrado ni siquiera monos imitadores de su ideal… El problema no es el ideal, ni fundamentar existencia a partir de la práxis de otros hombres, ni justificar la mediocridad personal a partir de la inexistencia de los no mediocres, sino del cómo se realiza la existencia, además de la respuesta que se dé a lo divino, que será respuesta constitutiva a mi quehacer existencial.

Si la “caja” (forma) que contiene la información verdadera sobre una realidad (contenido) se manifiesta entre los hombres a través del lenguaje, y si afirma Nietzsche que esta forma es la que malinterpreta su contenido, entonces, como él, habrá que cambiar la “caja” para todo discurso sobre Dios. La necesidad de encontrar una caja que no sea una mera metáfora mentirosa y falaz, pero que al mismo tiempo esté en la línea de la razón, es urgente, pero no se realizará sino desde la razón misma. He aquí el cometido de todo buen cristiano.
Sin embargo, no considero suscribirme al pensamiento fatalista de Nietzche: “La fatalidad de su existencia (del hombre) no puede desvincularse de la fatalidad de todo lo que ha sido y de todo lo que será (…); es absurdo tratar de encaminar su ser hacia un fin cualquiera (…). Nosotros negamos a Dios y, al hacerlo, negamos la responsabilidad; solo así redimimos al mundo” (NIETZSCHE, Friedrich, El crepúsculo de los ídolos o cómo se filosofa a martillazos, Máxima 39, Ed. Tomo, México, 2004, p. 63), sino a la certeza de la fe, la esperanza y el amor como fundamento de una creencia cristiana que, no siendo fideista ni racionalista, pretende conocer más a la divinidad fundamento, tema que no concierne aquí. Es, por tanto, en Dios en quien encuentro mi fin último, siendo al mismo tiempo mi causa eficiente.

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