Dimensiones antropológicas en "Caritas in Veritate" (CIV). Comentario.

I. Dios “otro” y Dios “en el otro”. Carácter social y apertura a lo trascendente del hombre.

“Misterioso y complejo es el hombre: creatura distinguible y concreta en su esencia e inabarcable en su ámbito y dimensión. A un tiempo, circunscrito a la condición de su corporeidad física y reclamando para sí lo que llena el recinto infinito del Universo a cambio de padecer asfixia. Hombre: ser asediado por el temor de la aniquilación y dinamizado hacia la realización por sus ansias de infinito. Todo lo que hay entre la inseguridad del temor y la dicha pletórica de lo consumado es el hombre. Lo es tanto como árbitro de lo fenomenal como padeciendo el extremismo de su inmensa desproporción: de la precariedad a la sublimación halla sus dimensiones; del padecimiento a la exaltación mide su propio valor” 1 (RODRIGUEZ FRANCO, Manuel, Los fundamentos en la filosofía de José Vasconcelos, México, 2002).

De este misterio encarnado, pues, y complejo en demasía, en tanto abierto a lo trascendente, no allende facticidades intrínsecas a su ser, a su ser en el mundo, es la ocasión de este esbozo generalísimo. Pues “ser en el mundo” se dice del “ser ahí”, disperso con su facticidad dinámica distinta en modos de ese “ser en”, “Tener que ver con algo, producir algo, encargarse y cuidar de algo, emplear algo, abandonar y dejar que se pierda algo, emprender, imponer, examinar, indagar, considerar, exponer, definir…” 2( HEIDEGGER, Martin, Ser y Tiempo, FCE, México, 2005, §12, p.69).

Pues bien, ante estos modos, la respuesta se muestra como necesaria, no omitiendo su contextualización ni menos su actualidad, realizada a partir de ámbitos de racionalidad, adecuados e insertos en cada dinamismo histórico, que debido a su carácter talitativo, desde un análisis Ellacuriano, se distingue de lo trascendental en cuanto realidad de algo. No obliterando, claro, que “no son dos preguntas inconexas, porque no se puede conocer lo que es una realidad en tanto que realidad – y menos lo que es la realidad – si no se vuelve la vista al carácter concreto de la realidad en cuestión”3 (ELLACURÍA, Ignacio, Filosofía de la realidad histórica, UCA, El Salvador, 1990, p. 557). “El mismo Rahner, al final de su vida, respondió así cuando le preguntaron qué le impulsó al quehacer teológico: “He cultivado siempre la teología al servicio de la proclamación, de la predicación y de la pastoral” 4(MAIER; Martin, Karl Rahner, el maestro, en Ignacio Ellacuría, “aquella libertad esclarecida”, Sal Terrae, Santander, 1999, p. 145).

Vemos, por consiguiente, dos dimensiónes intrínsecas a la realidad hombre, una de las cuales sobrepasa la convicción de ser el hombre el autor de sí mismo, la trascendente (CIV 34), la otra se remite a su individualidad en tanto fundante de la sociedad (CIV 7). La caridad en la verdad fungirá como punto de partida y de llegada del obrar humano, que en Cristo encuentra su  modelo e ideal.

Ante la idea generalizada que tiene como lineamientos esenciales la productividad y la utilidad, y en este sentido la disolución de la individualidad en función de la búsqueda de engrandecimiento llano del capital, que desenboca en la afirmación de la autosuficiencia (CIV 34), la caridad en la verdad hace frente  a esta cerrazón egoísta y se engarza con fuerza en la esperanza que a su vez sostiene a la razón, que orientará la voluntad. Ante la razón cerrada ha de preguntarse ¿cómo de la nada surgió el ser? ¿Y de la casualidad la inteligencia?

La caridad, entendida correctamente, es decir, como don que Dios ha dado a los hombres, es su promesa y nuestra esperanza (CIV 2). El “ya” es la caridad actual y la esperanza el “hacia dónde” que nos avienta a ulteriores realizaciones que están presupuestas en un orden social. He aquí que la verdad juega un papel importante en este orden social, pues da sentido y valor a la caridad, es su fundamento (CIV 2) que significa entrega, acogida y comunión (CIV3) y abre y une el intelecto de los seres humanos en el logos del amor (CIV 4).

Entonces el hombre que vive el amor, y que tiene la esperanza como confianza en lo verdadero, participa activamente del bienestar social, pues este hombre es un hombre de buena fe (CIV 5). El hombre que obra de buena fe es aquel que respeta la ley y la solidaridad (CIV 50) y si ama, lo hace desde el dar de lo propio (CIV6). Esto remite obligadamente al carácter social del hombre, imbricado en el desarrollo que tiene como forma la justicia social. Y Justicia no es otra cosa que “dar al otro lo que es suyo, lo que le corresponde en virtud de su ser y de su obrar. No puedo dar al otro de lo mío sin haberle dado en primer lugar lo que en justicia le corresponde” (CIV6).

II.El hombre, ser en sociedad.
II.1. Problemas a resolver

Este hombre que realiza su contingencia a partir de ámbitos relacionales necesita enfocar su atención en problemas específicos; algunos de estos tópicos son generales, pero dan luz sobre temáticas que no pueden replegarse al olvido. Tal es el flujo migratorio, por ejemplo, la explotación sin reglas de los recursos de la tierra (CIV 21), la corrupción e ilegalidad en la actividad financiera, los gobiernos que limitan las libertades sindicales o la capacidad de negociación sindical, el turismo internacional, el mal pago a los trabajadores, el interés privado y de lógica de poder (CIV 5) etc, que en última instancia remiten a la falta de respeto a los derechos humanos, a causa de un modelo cultural y normas sociales deformes. Son deformes pues la movilidad de los capitales financieros y los medios de producción materiales e inmateriales modifican políticamente al estado, y no precisamente teniendo como objetivo primordial la búsqueda y satisfacción de las necesidades del integrante de dicho estado, sino el incremento centrado en un mayor consumo en el propio mercado interior (CIV 24-25).

Ya se atisba la problemática de fondo: El hombre se está quedando sin cultura, sin identidad, a causa del sometimiento y la manipulación que suponen la eliminación del imperativo ético y la salvaguarda de la persona humana. La consecuencia inmediata son problemas sociales de acuciante necesidad de respuesta. La paz  y estabilidad  ha sido rota a causa de la carencia de la comida, del agua potable, de la instrucción básica. Y es que la economía tiene que ver con el hombre y sus derechos, y la solidaridad con que todos se sientan responsables de todos (CIV 38. 21.24).

II.2. Acciónes a realizar

Se han de tomar en cuenta estos problemas que se nos presentan como interpelación inexcusable, sobretodo en orden a la construcción de una nueva cultura, si es que pretendemos que la religión cristiana refiera sus actividades a la dimensión cultural, social, económica y política. El criterio orientador: la acción moral (CIV 6).

La insuficiencia social e institucional debe resolverse desde la promoción del desarrollo agrícola, de las inversiónes e infraestructuras rurales y pluralidad de estas formas, que promueven un mercado más cívico y competitivo (CIV 46); atendiendo asimismo a la globalización en tanto ofrece la posibilidad de una gran distribución de la riqueza a escala planetaria. El acompañamiento internacional tampoco debe hacerse de lado (CIV 47), en resumen, la nueva cultura, la que se incoa desde el cristianismo, parte desde la ley moral y debe ser orientada por la libertad responsable, una moral global de la sociedad (CIV 48.52).

El cómo de esta moral global debe estar realizada desde el estado, la Iglesia, la familia, la sociedad, y la cooperación internacional; que se ve reflejada en el rescate de la dignidad de la persona, en la humanización entendida como la dimensión ético-cultural.

II.3. Desarrollo humano integral

Si la justicia social es el fin que se busca con la moral global, ha de quedar manifestada en el desarrollo humano, que desde el punto de vista económico se refleja en la participación activa y condiciónes de igualdad en el proceso económico internacional concretamente sostenible; desde el punto de vista social, en sociedades solidarias y activas en subsidiariedad y desde el punto de vista político, con la consolidación de regímenes democráticos para asegurar libertad y paz.

El desarrollo humano, para que sea integral, debe lanzarse a ese más allá que le posibilita para realizar su contingencia, esa aprioricidad fundante que le trasciende pero que se le presenta al hombre como constitutivo. El hombre no puede fundarse en un criterio de verdad que parta de la técnica como eficiencia y utilidad, pues niega intrínsecamente el desarrollo mismo (CIV 68ss), mucho menos percibiendo el bienestar emotivo como origen. La adhesión, pues, a los valores del cristianismo, es un elemento indispensable para el desarrollo humano (CIV 4). Y este llamado a la promoción humana, es decir, a continuar con el proceso de humanización, es una vocación, es decir, que es incapaz de darse significado a sí mismo, y es justo aquí donde la Iglesia debe pronunciarse a favor atendiendo a la responsabilidad que tiene por el otro, por el hermano (CIV 24).

Continuando con la creación de una nueva cultura, F. Hinkelammert hace un llamado al quehacer filosófico universitario, que podríamos unir al llamado que hace el papa y retoma el Dr. Diego Muñoz: “El papa plantea la exigencia de pensadores de reflexión profunda que busquen un humanismo nuevo, que permita al hombre moderno encontrarse a sí mismo y que se abra a la fraternidad (pues la razón por sí sola lleva a una civilidad, pero no a la fraternidad)”

El humano tiene necesariamente una responsabilidad muy grande por la vida sobre la tierra, responsabilidad que apareció como obligación ética y como condición de  posibilidad de toda vida futura. La universidad deberá, entoces, desarrollar una cultura que permita y promueva la responsabilidad en relación con las amenazas globales en el ámbito de una gran esperanza y responsabilidad por el bien común. Ésta cultura debe ser crítica y lleva a la resistencia,  resistencia ante la amenaza de la estrategia de la globalización de acumulación de capital.5  (Cf. HINKELAMMERT, Franz, La universidad frente a la globalización, http://interservicios.dyndns.org/gpc/pagina2009/, Viernes, 01 de Junio de 2001).

Es de mi parecer que en la exposición de Dr. Muñoz se muestran las orienctaciónes antropológicas esenciales de la encíclica, me refiero al Homo Capax Dei, como digno en el amor, que por la apertura que ese amor mismo da, se religa a lo trascendente de donde proviene, del que toma las posibilidades para realizarse, que le impele a asumir la realidad, realidad que es relacional. Este hombre se sabe conformador de la sociedad, y como tal juega un papel neurálgico en la realización de la nueva cultura, mostrada en la justicia y la paz, a partir de la solidaridad que sólo puede tener la caridad en la verdad como fundamento.

La exigencia del apropiarse de esta responsabilidad permeada de la moral global, le incumbe de manera inherente al quehacer filosófico universitario si ha de responder coherentemente a los problemas contextuados, es decir, la tarea de apropiación corre por cuenta de un previo análisis de la realidad circundante, aunado a éste los problemas específicos.

“Caritas in Veritate significa la necesidad de dar forma y organización a las iniciativas económicas que sin renunciar al beneficio quieren ir más allá de la lógica de intercambio de cosas equivalentes y del lucro como fin en sí mismo” (CIV 38).

Al universitario le toca escuchar dicho llamado, y apropiarselo en dinamicidad actual.

Tzintli Velázquez Pacheco.

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