Bajo la bandera de Lucifer . Una hipótesis teológica sobre Marcial Maciel a la luz de la meditación ignaciana de “Las dos banderas”

 [Documento de trabajo, sólo para comentarios]
Rodrigo A. Medellín Erdmann[1]
SINOPSIS
A la luz de las revelaciones sobre conductas reprobables de Marcial Maciel Degollado, fundador de la Legión de Cristo y de su movimiento laical Regnum Christi, se ha desatado una polémica a favor o en contra de su persona y sus obras. Parte de la polémica consiste en ofrecer una explicación de esta personalidad tan controvertida. Más allá de análisis psicológicos/psiquiátricos o de valoraciones morales, el presente trabajo propone una hipótesis de índole teológica, es decir, que explique el conjunto de evidencias sobre su persona, a la luz de las relaciones trascendentales del hombre con Dios.
Antecedentes
Al menos desde 1997 ha habido repetidas acusaciones de conductas viciosas y delictivas del sacerdote Marcial Maciel. Por largo tiempo, tanto las autoridades de la congregación fundada por él, la Legión de Cristo, como representantes de la jerarquía eclesiástica, negaron las versiones y trataron de ocultarlas. Sin embargo, sobre todo a raíz de su muerte en enero de 2008, han surgido evidencias innegables de conductas altamente reprobables. Los legionarios han tenido que aceptar que lamentablemente su fundador efectivamente llevaba una doble vida —cualquier cosa que eso signifique— “que les era desconocida”, según dicen; algunos han pedido perdón a las víctimas y a quienes hayan sufrido moralmente por estas revelaciones. Un cierto número inclusive ha dejado la Legión o están muy perplejos siguiendo en ella.
PRIMERA PARTE: LA PERSONA
La conducta de Maciel
Gradualmente han aparecido más y más detalles de las conductas reprobables de Maciel. Sin entrar en particularidades, se pueden clasificar como irregularidades financieras, desordenes sexuales, drogadicción, mentira, hipocresía, entre otras. Evidencias innegables han sido sus largas relaciones de concubinato —y poligamia— con al menos dos mujeres, una en España y otra en México, y haber engendrado al menos una hija y dos hijos. Abundan acusaciones de violaciones a adolescentes, aun a sus propios seminaristas. También son señalados sus dispendiosos gastos en una vida lujosa, y el consuetudinario consumo de estupefacientes. Todo ello, mientras cultivaba cuidadosamente su imagen carismática de Padre Fundador, y una apariencia de virtud y santidad; al grado de lograr concitar muchas vocaciones, y seducir a un buen número de personas de altos círculos económico-sociales y eclesiásticos en ámbitos nacional e internacionales, a quienes les provocaba admiración y quienes le rendían honores en un cuasi culto a la  personalidad. Es sin duda notable la influencia que en breve tiempo llegó a tener él, la Legión y su movimiento laical Regnum Christi,  tanto dentro de la Iglesia como en amplios círculos de poder, y notable también el caudal de recursos económicos que llegaron a acumular.
Su conducta efectivamente reflejaba una doble vida —como la han catalogado los mismos legionarios—, cada una de gran intensidad: por una parte, el clérigo con aureola de santidad, fundador, de gran prestigio e influencia eclesial y social; y por la otra, el hombre marcadamente vicioso y moralmente degenerado —y un verdadero delincuente—. ¿Cómo explicar este comportamiento y esta personalidad tan anómalos de Maciel, y qué consecuencias se pueden seguir tras su muerte? Estas preguntas son de relevancia, pues la Legión y el Regnum Christi siguen afectando la vida de una multitud de personas, y siguen teniendo influencia sobre sectores de la propia Iglesia.
Una explicación benigna
Quienes, tras las revelaciones irrefutables de la conducta de Maciel, han permanecido adictos a la Legión y al Regnum Christi, o bien no aceptan la evidencia, o bien se duelen de lo que han denominado “una doble vida”; pero la consideran no ciertamente justificable pero sí, hasta cierto punto, explicable y comprensible en un hombre falible como Maciel —el cual, no obstante, logró obras admirables, dicen, que sus partidarios mucho alaban—. O sea, que consideran que se trata de peccata minuta, de pequeñas faltas en un hombre por lo demás admirable por la trascendencia de sus obras.
La reacción eclesiástica
Durante muchos años llegaron al Vaticano informaciones sobre la conducta viciosa de Maciel, sin que hubiera una reacción pública de censura. Una investigación realizada en 1956 se topó con una muralla de complicidad, engaño y ocultamiento, y no pudo llegar a la verdad. El propio Juan Pablo II fue víctima de su seducción —ironía de la vida: ¡llegó a proponerlo como “modelo de formador de la juventud”!—, y el cardenal Ratzinger, en aquel tiempo prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe (CDF) de la Curia Vaticana, no realizó ninguna acción punitiva durante años, a pesar de la abundante información disponible. Sólo hasta mayo de 2006, la CDF hizo pública una “invitación” —aprobada por el ahora papa Benedicto XVI, antes cardenal Ratzinger— a Maciel a llevar “una vida privada de penitencia y oración, abandonando toda forma de ministerio público.” La idea implícita era recluir al fundador de la Legión, blanco de tantas acusaciones, alegando que era ya demasiado anciano para soportar un proceso canónico que sin duda resultaría condenatorio. En el fondo parecía haber la intención de la Curia de salvar a la Legión y al Regnum Christi, que tanta influencia habían adquirido en la Iglesia y en la sociedad, y que tantos recursos económicos habían logrado acumular, desligándolos de su fundador.
Las autoridades de la Legión respondieron en forma muy convencional, expresando una “filial aceptación de esta invitación de la Santa Sede” a su fundador, y prometiendo reforzar su fidelidad a la Iglesia y al reino de Cristo. Parecía que el problema se estaría resolviendo.
Sin embargo, frente a la avalancha de revelaciones deletéreas tras la muerte de Maciel, y ante la reacción ambigua de las actuales autoridades de la Legión —de supuesto dolor y desconcierto ante hechos que alegaron ignorar, de una petición de perdón a las víctimas y un curioso propósito de enmienda—, en marzo de 2009 el propio papa Benedicto XVI ordenó  la realización de una visita apostólica —una especie de investigación o auditoría eclesial sobre todos los aspectos de la vida de la Legión y sus obras—. A este propósito nombró una comisión de cinco obispos —uno de ellos mexicano—, para que visitaran todas las casas, seminarios, colegios, universidades  y demás obras de los legionarios, y rindieran un informe directamente al papa. Las visitas terminaron a mediados de marzo de 2010, tras lo cual tuvieron que redactar un informe, que le presentaron personalmente al papa. Como resultado, la Santa Sede publicó un comunicado el sábado 1º de mayo de 2010 sobre el proceso de la visita apostólica. Conviene destacar el párrafo alusivo a Maciel:
Los gravísimos y objetivamente inmorales comportamientos del padre Maciel, confirmados por testimonios incontrovertibles, representan, en algunos casos, auténticos delitos y manifiestan una vida sin escrúpulos ni auténtico sentimiento religioso.
Una hipótesis psicológica/psiquiátrica
Para entender la conducta de Maciel, se ha propuesto, y se puede profundizar, la hipótesis de una personalidad psicopática capaz de llevar una así llamada “doble vida” —término con el cual las autoridades legionarias actuales tratan de explicar lo que ha resultado innegable—. Especialistas en estos temas tendrán que fundamentar más detalladamente este planteamiento, incluyendo la etiología de tal personalidad.
Una hipótesis teológica
Sin prescindir de otras explicaciones como las planteadas, o algunas más en el ámbito de las ciencias psico-sociales, este trabajo intentará presentar una hipótesis de naturaleza teológica, es decir, en el ámbito de las relaciones trascendentales —positivas o negativas— del ser humano con Dios. Maciel  eligió desde su juventud una vida en el ámbito religioso, en una carrera sacerdotal, y con un empeño muy marcado de fundar una congregación que fuera aprobada por la Santa Sede. Su vida, pues, se desenvolvió mayormente en el campo de la religión. Desde este ángulo, ¿qué explicación puede proporcionar la propia religión para entender la conducta y la personalidad de Maciel?
Ø  ¿Simple perversión moral?
Entre las formas de conducta que más ha reprobado la opinión pública sobresalen las agresiones sexuales, sobre todo la pederastia contra adolescentes que habían ingresado a la Legión como seminaristas, y aun contra sus propios hijos —según revelaciones recientes—. De naturaleza semejante fueron las largas relaciones sexuales con mujeres concubinas y aun con legionarios adultos —todo ello contrario a su carácter sacerdotal.
Muchos de esos actos constituyen delitos de carácter civil o penal; en el ámbito religioso son pecados graves contra Dios, a quien supuestamente servía. Si bien nadie puede juzgar el foro interno de ninguna persona de internis neque Ecclesia (del interior íntimo del hombre frente a Dios, ni la Iglesia puede juzgar), dice un principio tradicional—había en su conducta elementos perceptibles constitutivos de ofensas mortales a la divinidad, por razones del todo egoístas de satisfacción de las pasiones carnales propias, y el correspondiente atentado contra la dignidad de los próximos agredidos. Todo ello se vuelve más grave en el orden religioso por la consiguiente profanación sacrílega de los sacramentos —la celebración de la santa misa y la recepción de la eucaristía en pecado mortal, la absolución de cómplice en la confesión[2], entre otros.
Muchos otros vicios morales han ido apareciendo, como traficar y lucrar con las cosas sagradas, el fraude financiero, la drogadicción, el engaño, la mentira, la hipocresía, la manipulación de personas, el plagio autoral, la falsificación de documentos, el encubrimiento de perversiones, la impunidad por el mal cometido.
Pero todas estas formas de conducta, si bien condenables en el orden moral, son a lo más síntomas o manifestaciones de una situación religiosa personal más profunda y cuestionable. Todavía no muestran el meollo de la relación íntima de la persona con la divinidad. Se podrían considerar como la cúspide de un témpano de hielo que apunta hacia un trasfondo mucho más profundo y de más gravedad en el ámbito religioso.
Ø  Una opción radical
La hipótesis teológica que a  continuación se propone para explicar la conducta de Maciel se enmarca en los planteamientos que expone San Ignacio de Loyola en la meditación de Las dos banderas, en sus Ejercicios Espirituales[3]. Quienes estén familiarizados con los Ejercicios, podrán entender sin ninguna dificultad la hipótesis. Para quienes no lo estén, hace falta una breve explicación.
Las dos banderas
Los Ejercicios Espirituales de San Ignacio constituyen un proceso metódico de oración, meditación, introspección, que le permite a quien los realiza “buscar y hallar la voluntad de Dios” en lo personal, para su vida concreta. Implican lograr un alto grado de libertad interior para no dejarse influir por inclinaciones inapropiadas, y decidirse a seguir el plan de Dios para su persona y su vida. Hacen posible una relación personal directa, íntima con la divinidad, y una firme decisión de seguimiento de Jesucristo, el Hijo de Dios hecho hombre. Desde que fueron diseñados, hace más de cuatro siglos y medio, millones de personas han tenido esta experiencia inigualable.
En la etapa de los Ejercicios en la que se van a tomar las grandes decisiones, San Ignacio le plantea al ejercitante una meditación que le aclare las opciones o caminos alternativos que va a enfrentar, de manera que en su elección no vaya a caer en algún error o engaño. La meditación de Las dos banderas, presenta en forma de una metáfora cuasi militar, muy propia de la experiencia de San Ignacio y de la época, como dos bandos —dos banderas con sendas propuestas o proyectos alternativos de vida que se le presentan a los seres humanos: uno, el de Cristo, para bien del hombre; el otro, el de Lucifer[4], el “enemigo de la naturaleza humana”. La meditación va describiendo los objetivos, estrategias y tácticas de cada proyecto: el de Lucifer primero, y en contraste el de Cristo. Para efectos de claridad en la hipótesis por presentar, aquí invertiremos el orden.
La bandera de Cristo
En la meditación se presenta a Cristo dirigiéndose a sus apóstoles, discípulos y amigos que envía por todo el mundo a esparcir su doctrina,
encomendándoles que a todos quieran ayudar en traerlos, primero a suma pobreza espiritual [desapego de las riquezas], y si su divina majestad [Dios] fuere servido y los quisiere elegir, no menos a la pobreza actual; segundo, a deseos de oprobios y menosprecios [sin buscarlos intencionadamente], porque de estas dos cosas se sigue la  humildad, de manera que sean tres escalones: el primero es pobreza contra riqueza; el segundo, oprobio y menosprecio contra el honor mundano; el tercero, humildad contra soberbia; y de estos tres escalones induzcan a todas las otras virtudes.[5]
                                                                                             
La bandera de Lucifer
En la meditación ya se había presentado a Lucifer: “cómo hace llamamiento a innumerables demonios y cómo los esparce… por todo el mundo”…
y cómo los amonesta para echar redes y cadenas; que primero hayan de tentar de codicia [ambición] de riquezas, como suele…, para que más fácilmente vengan a vano honor del mundo, y después a crecida soberbia; de manera que el primer escalón sea de riquezas; el segundo de honor; el tercero de soberbia, y de estos tres escalones induce a todos los otros vicios.[6]
                                                
¿Cuál se debe escoger?
Como una elección que involucre la vida entera no es fácil, al inicio de la meditación el ejercitante debe “pedir [a Dios] conocimiento de los engaños del mal caudillo [Lucifer], y ayuda para guardarme de ellos; y conocimiento de la vida verdadera que muestra el sumo y verdadero capitán [Cristo], y gracia para le imitar.”[7] Para reforzar la decisión, al final de la meditación se pide a la Virgen, al Hijo y al Padre “que yo sea recibido bajo de su bandera [de Cristo]”[8], en pobreza y oprobios, para más en ellos le imitar.” En esta forma, los Ejercicios ignacianos presentan con toda claridad los dos proyectos entre los que hay que escoger, y se pide la gracia para ser recibido “debajo de la bandera de Cristo”. Desde luego, hay niveles en el seguimiento de Jesús. Se suele distinguir entre seguimiento con base en los preceptos —al que está obligado todo fiel cristiano— y seguimiento con base en los consejos evangélicos —propio de los religiosos o personas consagradas—, como debería haber sido el caso de Maciel.
A lo largo de la vida, cada hombre va tomando una serie de decisiones y opciones que lo acercan o lo alejan más del proyecto de Cristo o, por el contrario, del proyecto de Lucifer. Si va dejándose arrastrar por la ambición de riquezas, por la búsqueda de honores, fama, estimación y renombre, se va colocando cada vez más “bajo la bandera de Lucifer”  —que por cierto es el ideal de éxito que más comúnmente se presenta en nuestra sociedad—. Por el contrario, si de veras quiere seguir e imitar de cerca a Cristo, sus decisiones irán en línea de pobreza espiritual —desprendimiento de los bienes materiales—, y aun escasez de los mismos; mayor o menor frugalidad de vida, según el estado de vida en que se encuentre —es decir, algún grado de pobreza actual—, y deseos de oprobios, menosprecios, afrentas, humillaciones —las que Dios le mande, sin dar motivos para ello—, para más asemejarse a Cristo en su pasión y su muerte, hasta alcanzar la verdadera humildad, y todas las demás virtudes que lo hacen otro Cristo —todo ello bajo la guía del Espíritu Santo.
Todos los fundadores: bajo la bandera de Cristo
A lo largo de la historia de la Iglesia, todos los santos, y en especial todos los fundadores de órdenes y congregaciones religiosas han optado clara y radicalmente por la bandera de Cristo: por seguirlo e imitarlo muy de cerca en pobreza espiritual y real, en humillaciones y humildad, y en todas las demás virtudes, y han rechazado tajantemente la ambición de riquezas y honores, para no caer en la soberbia y en todos los otros vicios, como es el proyecto de Lucifer. En este contexto, han rechazado siempre la tentación de valerse de riquezas y  honores  para sí mismos en lo personal y en lo comunitario, o como medios eficaces en sí mismos para supuestamente hacer avanzar el Reino de Dios.
Una hipótesis teológica[9]
A la luz de los planteamientos de esta meditación ignaciana, ¿qué podemos inferir de la conducta de Maciel? ¿Por cuál de las dos banderas fue optando a lo largo de su vida? Toda la evidencia apunta a que no eligió vivir bajo la bandera de Cristo, aunque esa fuera la apariencia que procuraba dar a los demás.
Para fundamentar la hipótesis contraria, que eligió estar “bajo la bandera de Lucifer”, es necesario recorrer el camino inverso a la descripción ignaciana. La meditación plantea un avance por escalones: 1º. ambición de riqueza; 2º. honores; 3º. soberbia, y 4º. de ahí a todos los otros vicios. Ésta es como la historia biográfica de quien opta por la bandera de Lucifer. En cambio, para fundamentar la hipótesis propuesta hay que proceder en sentido contrario: partir del 4º. escalón, “todos los otros vicios,” e ir profundizando hacia sus raíces más hondas. O sea, empezar por la conducta perceptible de la persona, por sus acciones viciosas y delictivas, para ir encontrando el origen de ellas, y llegar a dilucidar su opción fundamental en el contexto de las dos banderas: la de Cristo o la de Lucifer.
El apartado sobre “la conducta de Maciel”, presentó el cúmulo de revelaciones sobre el conjunto de sus conductas viciosas y delictivas. En ese sentido, podemos intuir que estamos frente a los resultados de una opción por la bandera de Lucifer. Falta recorrer en forma descendente los otros tres escalones. La soberbia no es fácil de demostrar; pero si brincamos de los vicios a la búsqueda de honores, y luego a la ambición de riqueza, la inferencia parece razonable. Hay muestras palpables de que Marcial buscó afanosamente los honores, el reconocimiento, la fama. Dentro de la vida religiosa el honor máximo es ser considerado como un santo viviente. Bajo ese calificativo de santo se creó, al menos dentro de su congregación, un verdadero culto a su persona —Mon Père, como pedía que le dijeran, era auténticamente reverenciado y considerado como santo—. Además, él mismo se envolvió en una coraza protectora de impunidad al instituir un peculiar y privado “voto de caridad” que todos los legionarios deberían observar una vez terminado el noviciado: de no proferir nada que pudiera redundar en menoscabo del superior, y de denunciar a quien lo hiciera —el ocultamiento institucionalizado de cualquier conducta impropia.
De manera que se pueden ir recorriendo claramente los escalones de la bandera de Lucifer en sentido inverso: 1º. los vicios; 2º. la soberbia —que puede inferirse—; 3º. el honor mundano; 4º. la ambición de riqueza. De esto último hay también amplia evidencia. Maciel buscó afanosamente obtener y acumular riqueza, bienes materiales, recursos financieros —aprovechando su gran habilidad de seducir a bienhechores, en un proceso acumulativo autosostenido: dinero llama a dinero; más dinero llama a más dinero. La riqueza acumulada en cada momento le permitía invertir en ampliar todavía más las obras de la congregación —sobre todo colegios, universidades, seminarios propios— en una onda expansiva trasnacional; pero diseñada en forma tal que cada obra constituyera una fuente ulterior de mayor riqueza. El criterio de selección de nuevas obras, en las cuales hacer inversiones financieras, era poder tener un acceso mayor a los estratos más pudientes de cada sociedad. Los colegios eran para los hijos de las familias ricas del lugar, de quienes se podían obtener donativos y aportaciones cuantiosas, sin establecer un límite razonable. La expansión de la congregación fue muy acelerada, sin que hubiera estrecheces ni contrapesos. Adicionalmente, la abundancia de riqueza le servía a Maciel para la satisfacción de sus pasiones propias, y para comprar el silencio y la complicidad dentro y fuera de la Legión. Una auditoría financiera sin duda mostraría la cantidad de recursos que se utilizaron para ganar lealtades, complicidad e impunidad de sectores de la Iglesia misma, y de la sociedad civil.
La hipótesis de que Marcial viviera “bajo la bandera de Lucifer” se ve soportada por la evidencia de: 1º. una ambición insaciable de riquezas; 2º. un ansia de tener más y más honores, reconocimientos, fama, y de ser admirado y reverenciado; 3º. la inevitable soberbia que todo ello acarrea; y 4º. la satisfacción de las propias pasiones y vicios, a cualquier precio. Es un camino muy resbaloso de mentira, engaños, ocultamiento, encubrimientos, chantaje, impunidad, perfidia, corrupción, acompañados por la búsqueda incesante de gratificaciones de todo género, en todo tipo de apetitos: lujos, manjares, sexualidad desbocada, drogadicción —a cualquier costo.
La hipótesis es de naturaleza teológica, porque se refiere al ámbito de las relaciones trascendentales, positivas o negativas, de la persona con Dios —del seguimiento de Jesucristo, Hijo de Dios, o bien de la opción por el adversario que se rebeló contra Dios, Lucifer.
¿Una doble vida?
Cuando la evidencia de la conducta reprobable de Maciel fue ya innegable, la Legión se dijo dolida y llamada a engaño, pues desconocía, según sus declaraciones públicas, la doble vida que llevaba su fundador, y procedió a pedir perdón a las víctimas.
A reserva de discutir más adelante el presunto desconocimiento de la Legión, sobre todo de los miembros más cercanos al fundador, ¿qué se puede pensar sobre el planteamiento de una supuesta doble vida?
Si la hipótesis teológica propuesta tiene visos de verosimilitud, no es posible considerar que Maciel llevó una vida doble. Por el contrario, llevó una única vida totalmente congruente con la opción fundamental que aparentemente eligió: el camino de Lucifer, en la búsqueda de riquezas y de honores, que lleva a la soberbia y a todos los otros vicios que han ido apareciendo. El contexto social donde se desarrolló su vida fue el eclesiástico: primero como seminarista, luego como sacerdote, y después como fundador de una congregación religiosa y director de la misma, con las relaciones al interior de la Iglesia, y las vinculaciones sociales con altos círculos de poder económico y político que alimentaron la expansión y las finanzas de la congregación. Fue en este contexto donde presumiblemente se desenvolvió la única vida de Maciel —vida de riqueza, honores, prestigio y poder, y degradación moral—, una única vida, congruente con “la bandera de Lucifer.”
A mayor abundamiento, el concepto de doble vida implica que una de las vidas fue buena, virtuosa, ejemplar, edificante, luminosa y  manifiesta, abierta al conocimiento público. Es la que supuestamente conocieron  y admiraron todos los seguidores de Maciel, incluidos sus compañeros de la Legión. La otra vida fue obscura, oculta, clandestina, desconocida y totalmente ignorada por sus compañeros —según alegan—, indigna de un cristiano, de un sacerdote y de un fundador. Pero en la hipótesis teológica propuesta, el concepto de doble vida no resulta adecuadamente explicativo de la evidencia. Parece más bien una forma de evitar afrontar con honradez la realidad plena de Maciel, y una forma de desligar la obra que fundó de esa parte obscura y moralmente degradada, supuestamente desconocida.
En la tradición teológica de la Iglesia, se reconoce la existencia del “misterio del mal” —no original, no increado (contra el maniqueísmo)—, resultado de opciones de criaturas libres que se volvieron contra Dios. Específicamente se habla de un ángel supremo, criatura excelsa y luminosa, que al rebelarse contra Dios se convirtió de Luzbel (Luz Bella) en Lucifer (aparente “portador de luz”), padre de la mentira, capaz de disfrazarse de ángel de luz, y engañar aun a los elegidos.[10] Sólo mediante un discernimiento de espíritus muy cuidadoso se puede descubrir la fuente de las inspiraciones, si provienen del Espíritu de Dios o del espíritu del mal —frecuentemente disfrazado de bien—, para no caer en el error o el engaño.
SEGUNDA PARTE: LA CONGREGACIÓN
El espíritu del fundador
En la historia de la Iglesia, por lo general toda orden o congregación religiosa de alguna manera hereda y refleja los rasgos propios de la espiritualidad de su fundador. Es el carisma específico que aporta a la Iglesia: así, la orden de los benedictinos, de San Benito de Nursia; los franciscanos, de San Francisco de Asís; los dominicos, de Santo Domingo de Guzmán; los jesuitas, de San Ignacio de Loyola; y las congregaciones posteriores, de sus respectivos(as) fundadores(as). En el caso de los legionarios, sería la espiritualidad de Marcial Maciel. Algunos rasgos de los legionarios de alguna manera reflejan las conductas características de Maciel, y proporcionan materia prima para ampliar la hipótesis teológica propuesta.
Ha sido característica heredada de Maciel la intensa búsqueda legionaria de recursos económicos. Desde luego, el principal procurador de fondos fue el propio Maciel; pero aún en vida de éste, y más claramente después de su muerte, la Legión ha seguido el patrón de buscar a grandes —o medianos— bienhechores. Desde luego, las revelaciones sobre la “doble vida” de Maciel han reducido en parte la capacidad de conseguir fondos; pero no del todo. Y, desde luego, no han mermado la búsqueda de riqueza.
Por otro lado, ha sido también característico el triunfalismo de la Legión: se ha presentado como la congregación que hoy en día tiene más éxito en la Iglesia, la más destacada, la más pujante, la de crecimiento más rápido, la de mayor expansión de sus instituciones educativas, la de enorme difusión por diversas regiones del mundo, la que moviliza un mayor número de jóvenes y familias por lo demás entusiastas en el Regnum Christi, la de mayor número de vocaciones en sus seminarios, la que más bien hace en la Iglesia. Por todo ello ha recibido de diversos sectores un gran reconocimiento y frecuentes alabanzas, honores y distinciones.
Una defensa a ultranza
En el contexto de este triunfalismo, empezaron a aparecer testimonios de la conducta inaceptable del fundador. La primera reacción fue de negación de las acusaciones, y afirmación de la santidad de “Nuestro Padre”. Una primera línea de argumentación era: “por los frutos los conocerán” (Mt 7, 16). Si la Legión y el Regnum Christi son tan buenos frutos, el árbol que los produjo tiene que ser bueno; y cualquier cosa que se diga en su contra tiene que ser falsa. Los “frutos tan buenos” se referían a todos aquellos elementos de éxito mencionados en el párrafo anterior. Realmente todos estos aspectos eran impresionantes, y diversos sectores de la Iglesia se mostraban muy impresionados. Esos sectores veían en la Legión y Regnum Christi una especie de renovación y revitalización que la Iglesia tanto necesitaba —sobre todo frente a los problemas y al decaimiento que afrontaba en otros ambientes y regiones—.
Para reforzar el argumento, llegaron a acusar a las víctimas de Maciel que lo empezaban a denunciar de calumniadores, e intentaron presentar a éste como mártir de una penosa persecución —semejante a la que sufrieron muchos santos en alguna etapa de su vida—, y más bien achacaron las calumnias a un verdadero complot contra la Iglesia Católica.
Es explicable, entonces, la enérgica defensa que diversas autoridades eclesiásticas hacían de Maciel y su obra Efectivamente, sostenían, “por los frutos lo [a Maciel] conocerán”. Ya se hizo alusión al papa Juan Pablo II. Otro tanto, por ejemplo, se puede decir del Arzobispo Primado de México, y de otros cardenales y obispos. Desde luego, hoy ya  no puede sostenerse el mismo argumento, y más bien puede citarse, a contrario sensu, el mismo pasaje del Evangelio: “No hay árbol malo que dé frutos buenos.”
Control de daños
Por eso, para salvar las obras de Maciel —la Legión y Regnum Christi, sus actuales autoridades están intentando un enorme esfuerzo de control de daños, es decir, acciones y declaraciones encaminadas a minimizar el impacto negativo que las revelaciones acerca de la llamada “doble vida” del fundador puedan tener, y salvar todo lo que ellos consideran bueno. El planteamiento de la “doble vida” implícitamente parece suponer que las obras educativas, la Legión, el Regnum Christi, fueron realizadas por el Maciel-de-la-vida-buena  —y, por tanto, son frutos buenos de la parte del árbol que era buena—, mientras que la vida obscura, que desafortunadamente no se puede negar, no tuvo mayor influencia en ellas —excepto el daño que le hizo a sus victimas, y por lo cual están pidiendo perdón. Por lo demás, las autoridades plantean que hay que sacar las lecciones positivas que se pueda, y seguir adelante con humildad y con confianza en Dios.
Complicidad negada
Sin embargo, hay demasiados testimonios, siempre negados por la Legión, de que la mala conducta de Maciel no fue exclusivamente suya, sino que hubo complicidad y aun cooperación de otros miembros de la Legión. La pretensión de ignorancia absoluta que en un primer momento sostuvieron las actuales autoridades de la Legión, y el supuesto asombro por las revelaciones que se acumulan, es poco creíble, y más bien apunta a un clima de ocultamiento y complicidad, al menos en el silencio, si no es que en la misma mala conducta. Todo lo cual conduce a un clima de impunidad, secretismo, perfidia e hipocresía. Se puede sospechar la creación de una verdadera red de engaños y mentiras. Obviamente todo este cuadro institucional se niega, igual que en su momento se negaron las acusaciones contra Maciel, y aun actualmente sólo se aceptan las más evidentes, tras protestar, de nuevo, un desconocimiento previo y un gran pesar por las víctimas.
Las conclusiones de la visita apostólica así parecen sugerirlo cuando dice: “La visita apostólica ha podido comprobar que la conducta del padre Marcial Maciel Degollado ha causado consecuencias serias en la vida y en la estructura de la Legión, hasta el punto de que requiere un camino de profunda revisión.”
Si el fundador, bajo la bandera de Lucifer, ¿la Legión?
La hipótesis teológica que, a la luz de la meditación de “Las dos banderas”, se plantea sobre Maciel, ¿puede arrojar luz sobre la Legión? ¿Se puede plantear una hipótesis explicativa y una predictiva sobre el comportamiento institucional de la Legión?
Lo menos que puede señalarse es el peligro de que la Legión, o al menos su cúpula directiva, esté recorriendo los mismos escalones que plantea la bandera de Lucifer: 1º. ambición de riqueza, 2º. búsqueda de honores, 3º. lo cual conduce a la soberbia, y 4º. de ahí a todos los otros vicios. Parece muy difícil que quien ambiciona riqueza en lugar de seguir a Cristo pobre, quien busca honores en vez de seguir a Cristo en sus humillaciones, no se llene de soberbia en lugar de adquirir la humildad de Cristo, y no caiga en otros vicios, en lugar de imitar a Cristo en sus virtudes.
El impacto en las obras
Puede asombrar a muchos el impacto tan visible que las obras educativas y de apostolado de los legionarios tienen sobre sus educandos y seguidores —el entusiasmo, fidelidad y entrega que muestran—. Será necesario analizar con cuidado las causas de estas actitudes. No cabe duda de que habrá en muchos legionarios y sus discípulos una verdadera inspiración del Espíritu Santo en el seguimiento de Cristo. Sin embargo, hay indicios de que se está filtrando algo del comportamiento del fundador y de la Legión misma en sus obras. Hay por lo menos señales de un proceso sesgado de selección de los seguidores. Prácticamente todos pertenecen a los sectores privilegiados de la población en los diversos países. La espiritualidad que se les ofrece parece tener dos vertientes: 1ª. legitimar su posición de privilegio y bienestar material (cuando el contexto social es de mucha injusticia), y 2ª. junto con ello ofrecerles un aparente bienestar espiritual con las prácticas de devoción, las obras de apostolado, el cumplimiento de directrices morales sencillas y claras, la sumisión a los dictados de la Legión y las aportaciones a sus finanzas, y por ende la promesa de que si son fieles a estas indicaciones estarán seguros de llegar a la vida eterna. Total, el mejor de todos los mundos posibles: las riquezas materiales y la satisfacción espiritual de apegarse a directivas claras, en esta vida, y después la vida eterna. El sentimiento que provocan en sus adictos, sobre todo entre los jóvenes, es de ser “lo máximo”, así como la Legión y el Regnum Christi son “lo máximo” dentro de la Iglesia. Hay indicios de que se trata de un esquema sofisticado para conquistar a los seguidores e imponerles sutilmente un espíritu de sumisión. En la bandera de Lucifer se habla de echar “redes y cadenas” sobre todos los hombres para atraparlos.
¿Se puede reformar la Legión?
A raíz de las revelaciones sobre su fundador, y de la Visita Apostólica que ordenó el papa Benedicto XVI, cabe la pregunta sobre el futuro de la Legión. Mantener el status quo es imposible. Respecto a lo que siga, se han propuesto varios posibles cursos de acción: suprimir la Legión y dispersar a sus miembros salvables y los recursos disponibles en otros sectores de la Iglesia —por ejemplo en las respectivas diócesis—; refundar la Legión sobre otros fundamentos; nombrar un interventor personal del papa para que gobierne la congregación en sustitución de la directiva actual, e intente una reforma radical; entre otras posibilidades. El tiempo dirá. Entre tanto, conviene explorar la factibilidad de algún cambio dentro de la estructura actual.
El apego a los bienes adquiridos
Después de las “dos banderas”, los Ejercicios Espirituales proponen otra meditación sobre el caso hipotético de tres grupos de hombres que buscan la voluntad de Dios, pero tienen riquezas que no han sido adquiridas “pura y debidamente por amor a Dios”, y a las que están apegados.
Ø  El primer grupo quisiera quitarse el apego a las riquezas, pero no pone los medios necesarios para lograrlo.
Ø  El segundo grupo quiere quitarse el apego a las riquezas, pero sin dejarlas, sin desprenderse de ellas.
Ø  El tercer grupo quiere quitarse el apego, y de tal forma que quiere tener las riquezas o no tenerlas según descubra lo que sea la voluntad de Dios; y por lo pronto, mientras no vea claro, su inclinación es a no tenerlas. Es más, si se le dificulta quitarse el apego, conviene que pida a Dios que se sirva elegirlo en pobreza, sin riqueza.
Heterogeneidad en la institución
Como ha sido patente en la diversidad de reacciones que distintos miembros de la Legión han externado a partir de las revelaciones sobre conductas obscuras de Maciel, de ninguna manera se puede considerar la institución como un bloque homogéneo. Existen, sin duda, un buen número de personas honestas, cabales, sinceramente comprometidas con el seguimiento de Jesucristo pobre, humillado y humilde, entregado al bien de los demás. Algunos han tomado una decisión radical y se han separado de la Legión. Otros estarán terriblemente atribulados al afrontar una situación contraria a sus ideales. Pero la tónica general, sobre todo de las autoridades actuales, parece ser otra. Lo importante parece ser salvar a la congregación y a su movimiento laical a como dé lugar.
Un discernimiento espiritual institucional
Para los legionarios en conjunto, la riqueza adquirida no es sólo los bienes materiales que han acumulado, y la satisfacción personal que para si mismos puedan derivar de ellos, sino la institución misma, su triunfalismo, sus supuestos éxitos, la posición social de privilegio, la admiración, honor y alabanzas que sus adeptos le prodigan. ¿Tendrá la institución la capacidad de renunciar de corazón, y aun de hecho, a toda esta riqueza material y posición de privilegio, para emprender una verdadera conversión, para salir de bajo la bandera de Lucifer, y colocarse decididamente bajo la bandera de Cristo? ¿Podrán efectivamente emprender el camino del seguimiento de Jesús, en pobreza, humillaciones, humildad, que los conduzca a una fidelidad a la vocación religiosa en el cumplimiento de sus votos de pobreza, castidad y obediencia? Tendrá que ser un proceso individual e institucional de discernimiento espiritual, para encontrar la voluntad de Dios y cumplirla, sin acobardarse por los sacrificios que implique: un seguimiento de Cristo hasta el calvario.
En la historia de la Iglesia se han dado casos de escisiones en las órdenes religiosas, generalmente encabezadas por reformadores surgidos de la propia orden. Tal es el caso de Santa Teresa de Jesús, reformadora de las carmelitas. De los benedictinos originales han surgido muchas ramas; igual de los franciscanos, y hay otros ejemplos. En todos los casos se trata de una búsqueda de mayor fidelidad evangélica en el seguimiento de Jesús, a la que se adhieren los mejores religiosos de su orden.
TERCERA PARTE: LA IGLESIA
La gravedad del daño
Es posible que durante algún tiempo Maciel y la Legión de Cristo hayan tenido una influencia importante en sectores de la Iglesia y de la alta jerarquía vaticana, mientras otros sectores le eran adversos. Sus partidarios lograron convencer al papa Juan Pablo II de favorecer a Maciel, con lo cual ganaron la batalla, aunque ahora se ve que perdieron la guerra y dejaron muy mal parada a la Iglesia y al papa. En efecto, a  la luz de las revelaciones sobre la vida de Maciel, las ya aceptadas por las actuales autoridades de la Legión, y las que aún no aceptan, pero que en su mayor parte son del conocimiento público y de altas autoridades del Vaticano —sobre todo a la luz de los resultados de la Visita Apostólica—, habrá que tomar decisiones de gran impacto sobre la Legión y sobre la propia Iglesia, en el contexto actual. Un elemento en las decisiones será resultado de sopesar los daños que La Legión, y sus partidarios, le han ocasionado a la Iglesia, y que probablemente se calificarán como muy graves. La combinación de una conducta escandalosa cada vez más conocida y reconocida, por una parte, y la capacidad de seducción que han ejercido sobre altas autoridades eclesiásticas, incluyendo al propio papa, por otra, está resultando terriblemente deletérea. La conducta escandalosa fue denunciada a la Santa Sede repetidamente y durante años, al menos desde 1976. El dossier sobre el asunto que la CDF llegó a integrar debe ser voluminoso y merecedor de la más radical condena. Sin embargo, la CDF en aquel tiempo, siendo Prefecto el Cardenal Ratzinger, no pudo proceder conforme al derecho canónico, por consideración del aprecio del papa por el culpable, sino hasta 2006, cuando lo invitó a retirarse a una vida privada de oración y penitencia.
Ahora bien, mientras este caso y otros similares quedaron dentro del ámbito eclesiástico, no pareció un problema demasiado grave —fuera de la incongruencia—. Pero, ante la avalancha de otras evidencias sobre comportamientos pecaminosos y criminales de sacerdotes y religiosos en diversos  países y en diversos tiempos en materia de pederastia, y una vez electo papa Benedicto XVI el cardenal Ratzinger, el escándalo rebasó el ámbito eclesiástico y surgió con fuerza en el terreno civil-penal, en la sociedad en general y en los medios masivos de comunicación en lo particular. La Santa Sede, y específicamente el nuevo papa, se encontraron en un verdadero brete en términos de una acusación de ocultamiento culposo.
Caveats sobre el control de daños
La Iglesia también ha tenido que ejercer un proceso de “control de daños” —sin duda más sincero que el de la Legión—, pero igualmente intrincado. Benedicto XVI ha tenido que expresar públicamente su pesar, indignación y remordimiento por esta situación terrible. Ha pedido perdón a las víctimas, e  inclusive ha afirmado que los delitos deben ser juzgados no sólo por Dios sino “por tribunales debidamente constituidos.” Lo ha hecho de manera expresa en el caso de Irlanda —y tácitamente en otros países. Cuando las críticas —y aun acusaciones explícitas— de los medios se han dirigido a la persona misma del papa, acusándolo de ocultamiento, la reacción ha sido una defensa masiva por parte de las autoridades vaticanas, de la jerarquía en conjunto y de muchos otros sectores de la Iglesia. Se ha hablado de chismorreos, de propaganda vulgar, de calumnias. Se han enfatizado las declaraciones y acciones tajantes del papa en contra de la pederastia clerical y religiosa. Pero desgraciadamente, por esos casos lamentables, la autoridad moral de la Iglesia se ha visto menguada.
En el caso concreto de Maciel, el control de daños es más complicado, pues hay que defender a un papa (Benedicto XVI), sin implicar a otro (Juan Pablo II). El daño que Maciel le hizo a la Iglesia es de lo más grave, y todo ello tendrá que ser sopesado en un proceso de discernimiento espiritual muy profundo, para encontrar y hallar la voluntad de Dios en el caso concreto de la Legión.
Reforma de la Iglesia
Es parte de la naturaleza misma de la Iglesia la necesidad permanente de conversión y reforma. En la actual coyuntura, viene a colación el dicho popular de que “No hay mal que por bien no venga.” Bajo la presión de todas estas circunstancias, es de esperar que haya cambios y reformas sustanciales en la Iglesia. Se pueden mencionar algunas que vienen al caso, entre muchas otras posibles.
a.- La monarquía eclesial
De manera particular habrá que recuperar el principio de colegialidad de los obispos con el papa, de manera que se supere el planteamiento y la práctica de una monarquía extrema, donde el papa sea la única autoridad responsable de tomar todas las grandes —y no tan grandes— decisiones en la Iglesia. Una buena parte de esa desafortunada práctica de ocultar el comportamiento indebido de miembros del clero o religiosos se puede haber debido —además de un mal entendido esfuerzo por cuidar el prestigio de la Iglesia—, a la estructura fuertemente centralizada en la persona del papa. Será proverbial el caso ya mencionado del prefecto de la CDF, en su momento el cardenal Ratzinger, que teniendo conocimiento amplio del problema Maciel, se veía impedido de tomar decisiones congruentes por el aprecio que el papa Juan Pablo II tenía de dicha persona. En una estructura así, lo importante para los clérigos que pecan y delinquen —así sea un porcentaje muy pequeño—, y para sus superiores inmediatos, es que el papa no se entere de estas situaciones tan destructivas. Más aún, si el papa no se entera o si decide no tomar ninguna acción correctiva, el problema se pospone y se agrava, como se ha podido experimentar.
Revitalizar la colegialidad
La colegialidad episcopal implica que hay una corresponsabilidad de las conferencias episcopales de cada país o región, para afrontar y resolver este tipo de problemas, junto con muchos otros aspectos de la vida de la Iglesia. Ahora bien, esta transformación en línea de colegialidad —por otra parte muy en consonancia con los planteamientos del concilio Vaticano II— naturalmente debe incluir una participación más activa del clero local y el conjunto de los fieles en el análisis, prevención y solución de dichos problemas. Superar el esquema de que sólo importa la opinión del papa, e involucrar activamente a los laicos, sacerdotes y religiosos con la acción primordial de los obispos y sus conferencias, le daría una configuración y una actuación muy distinta a la Iglesia, y evitaría que problemas de esta índole adquirieran la gravedad que ahora tienen.
Inclusive en la selección misma de nuevos obispos convendría una participación mucho más activa de todos los miembros de la Iglesia local, para reflejar mejor las circunstancias propias de cada diócesis.
b.- El celibato sacerdotal
Hay una corriente de opinión que culpa a la condición de celibato de los sacerdotes por los abusos de pederastia, y sugiere que eliminando el celibato se solucionaría en gran medida el problema. Obviamente es una opinión sin fundamento, ni siquiera estadístico —el porcentaje de pederastas es reducido en comparación con todo el conjunto de sacerdotes célibes—. Éste como otros casos de conducta sexual inapropiada no son ocasionados por el celibato en sí.  La raíz del problema es la inmadurez afectiva o una problemática psicológica mal resuelta, Si esa raíz subsiste, un matrimonio sería igualmente problemático.
Necesidades del Pueblo de Dios
En todo caso, la cuestión del celibato sacerdotal hay que plantearlo desde otro enfoque, a saber, desde las necesidades del Pueblo de Dios en materia espiritual y sacramental. Efectivamente, el Pueblo necesita el acompañamiento y el apoyo de los sacerdotes para el pleno desarrollo de su vida cristiana. Sin sacerdocio no hay la plenitud de la liturgia como centro de la vida del creyente, no hay eucaristía, no hay reconciliación, falta la presencia orientadora, animadora, ejemplificadora, que logre un real crecimientos del sector más numeroso de la Iglesia: el laicado, meollo del Pueblo de Dios. La carencia o escasez de sacerdotes repercute en desatención y descuido —y aun en positivo daño— del Pueblo.
Ministerio y carisma
Ahora bien, el celibato es un carisma —un don gratuito del Espíritu Santo, que sopla donde quiere, correspondiente a los consejos evangélicos en el seguimiento de Jesús—; mientras que, en sentido estricto, el sacerdocio es un ministerio —una posición de servicio orientada al bien del Pueblo de Dios—.
Hasta la segunda mitad de la historia de la Iglesia, y como una disposición disciplinar, el papado y la jerarquía eclesiástica vinculó ministerio y carisma, de manera que gradualmente fue exigiendo el celibato de todos los sacerdotes —en el Derecho Canónico actual, contraer matrimonio es un obstáculo para la ordenación sacerdotal—. Sin embargo no es una disposición divina, ni proviene de algún mandato de nuestro señor Jesucristo. Estaría en manos de la propia Iglesia, específicamente del colegio episcopal con el papa a la cabeza, modificar esta disposición.
Desde luego, una modificación de esta envergadura no podría ser, de ninguna manera, un supuesto remedio a la crisis de pederastia en algunos sacerdotes y religiosos que actualmente enfrenta la Iglesia, ni de alguna otra conducta sexual indebida —el matrimonio no es un “remedio” de nada, sino una vocación de amor y de servicio fecundos—.
Las razones de cualquier cambio en esta materia tendrían que ser totalmente distintas, y en concreto corresponderían a dar una mejor respuesta a las necesidades del Pueblo de Dios, en términos del ministerio sacerdotal que tan escaso es actualmente, y que tan ampliamente se requiere. El cambio tendrá que ser gradual, y las modalidades pueden ser diversas. De hecho es ya un primer paso que se esté incorporando al sacerdocio católico a los ministros anglicanos casados recién convertidos. Un siguiente paso sería admitir al sacerdocio a algunos hombres casados provectos (presbíteros en el sentido etimológico) que aspiren a ello, y cuya vida garantice un ministerio fructífero para el Pueblo, aunque no dure muchos años. Posteriormente se irían abriendo otras opciones —siempre teniendo en cuenta que quien prometió el celibato y no puede cumplirlo, tampoco sería un buen candidato al matrimonio, mientras no resuelva sus problemas de fondo.
Promoción vocacional en las diversas modalidades
Considerando la necesidad del Pueblo de Dios de contar con suficiencia de buenos sacerdotes, la promoción de vocaciones al ministerio es urgente en la Iglesia. Resultará más eficaz en la medida en que haya más opciones abiertas a los candidatos. Desde luego, al aspirante a la vida religiosa en una orden (benedictinos, franciscanos, dominicos o jesuitas), o en una congregación masculina, le tiene que quedar absolutamente claro que su vocación incluye el celibato como elemento integrante esencial del voto de castidad, en seguimiento de Jesús en los “consejos evangélicos”, independientemente de que llegue a ser sacerdote o no. Otras modalidades que la Iglesia vaya abriendo serían para los aspirantes al ministerio sacerdotal en lo que actualmente se denomina “clero secular” —auxiliares de los obispos—, cuando el carisma del celibato sea una opción libremente elegida, y permanente, sin que sea un requisito indispensable.
Selección
Es este esquema, es probable que se amplíe el número de los aspirantes al sacerdocio. El siguiente paso es una cuidadosa selección de esos aspirantes antes de admitirlos a alguna de las modalidades de ministerio sacerdotal. La selección seria no sólo al momento de ingresar a la formación, sino a todo lo largo del proceso. Más vale interrumpirlo a tiempo que terminarlo mal.
Formación
Hay suficientes documentos de ls Iglesia sobre la adecuada formación de los futuros sacerdotes. Bastaría complementarlos para abarcar las diversas modalidades del ministerio sacerdotal que en cada momento existieran. Además de la formación espiritual, habría que dar especial énfasis a la formación de la afectividad, incluyendo los procesos de sanación psicológica que fueran necesarios —aprovechando todos los medios con que cuentan la psicología y la psiquiatría modernas—. Esto vale tanto para los que abrazan el celibato, como los que pudieran vivir en matrimonio. Un elemento que en ambas situaciones habría que madurar es la relación de amor, deferencia y respeto a la mujer.
c.- La actitud frente a la riqueza
Uno de los aspectos más perjudiciales de la herencia de Maciel es la búsqueda de la riqueza, como si en sí misma fuera un medio idóneo para promover el reino de Dios. Maciel no sólo logró riquezas para sus obras, sino que, por lo que se ha sabido, entregó fuertes sumas de dinero a miembros de la curia romana, desde funcionarios hasta cardenales en calidad de “donaciones para uso caritativo” —con excepción destacable de, entre otros, el cardenal Ratzinger, que la rechazó—. En la práctica lo que conseguía era influencia, protección y apoyo, y de paso fomentaba la ambición de riqueza, tan característica de su propia persona.
La promoción de una Iglesia de los Ricos contrapuesta a una Iglesia de los Pobres
En términos eclesiológicos, Maciel representa el prohombre de lo que se podría considerar como “la iglesia de las riquezas” o “la iglesia de los ricos”. En efecto, Maciel estableció con los sectores económicamente poderosos una especie de simbiosis de beneficio mutuo: ellos los apoyaban con abundantes recursos, y él, la Legión y el Regnum Christi, les servían como una especie de instancia de legitimación y protección institucional pseudo-religiosa de sus riquezas. Esto era especialmente importante para ellos en una situación social de creciente injusticia, lacerante desigualdad, y pobreza cada vez más aguda, sobre todo en América Latina. No sólo era un tranquilizante de conciencia, sino que legitimaba la ambición y la prosecución ilimitadas de la riqueza, siempre que algo de ésta se entregara a la causa de su aliado Maciel. En la práctica, este enfoque contaminó a una parte importante de la propia Iglesia, sobre todo a aquellos sectores que ya se habían ocupado en reprimir y suprimir la situación contraria: la iglesia de “la opción preferencial [no exclusiva] por los pobres”, y cuya represión había logrado cierto éxito, sobre todo en América Latina.
Se puede hacer una comparación esclarecedora entre los dos enfoques eclesiológicos, para dilucidar cuál representa un seguimiento más fiel de Jesucristo. De momento baste comparar a Maciel, el prohombre de la “iglesia de los ricos”, con algunos prohombres de la “iglesia de los pobres (sin exclusivismos)“, como el arzobispo Óscar Arnulfo Romero, y los PP. jesuitas Rutilio Grande, Ignacio Ellacuría y sus compañeros, entre muchos cientos de sacerdotes, religiosos y laicos, que “bajo la bandera de Cristo” dieron la vida por la justicia del Reino de Dios.
La coyuntura actual es propicia para una profunda revisión de la actuación de la Iglesia en conjunto en materia de justicia social y de su posición en las sociedades actuales, que producen “ricos cada vez más ricos a costa de pobres cada vez más pobres”[11]. La parábola mateana del Juicio Final debe iluminar esta revisión radical de amplio sectores de la Iglesia, y las decisiones que sobre la Legión y el Regnum Christi se tomen.
d.- Retomar el Vaticano II
Una conversión de raíz de aquellos sectores de la Iglesia que hicieron posible el fenómeno Maciel deberá incluir una revitalización de los planteamientos y directrices del concilio ecuménico Vaticano II. La reacción conservadora que ha pretendido ignorar y aun eliminar sus enseñanzas ha sido causa de muchos males y muchos retrocesos en la Iglesia. Es indispensable volver al Vaticano II, no como una meta por alcanzar al final de un proceso, sino como el punto de partida de una renovación más plena de la Iglesia. Será necesario escuchar, reconocer y seguir la inspiración del Espíritu Santo, que señalará el verdadero camino de Cristo, que nos conduce al Padre ya desde esta vida terrenal. De otra manera, la Iglesia quedará atrapada en su actual laberinto por varios años o décadas más.


[1]           El autor fue miembro de la Compañía de Jesús durante doce años y medio —de los 22 a los 35 años de edad—. No llegó a ordenarse de sacerdote. Tras salir de la Orden, obtuvo el Doctorado en Sociología por la Universidad de Harvard, y recientemente el Bachillerato Pontificio por la Universidad Pontificia de México, y la Licenciatura en Ciencias Religiosas por la Universidad Iberoamericana. Actualmente cursa una Especialidad Patrística en el Instituto Superior de Estudios Eclesiásticos. El presente trabajo es fruto de varios años de reflexión sobre el tema. Correo electrónico: ramedellin@yahoo.com.mx
[2]           El canon 977 del Código de Derecho Canónico establece: “Fuera de peligro de muerte, es inválida la absolución del cómplice en un pecado contra el sexto mandamiento del Decálogo”, y el 1378, § 1, “El sacerdote que obra contra lo prescrito en el can. 977, incurre en excomunión latae sententiae, reservada a la Sede Apostólica.”
[3]           Cfr. Ignacio Iparraguirre, SJ, “Ejercicios Espirituales”, en Obras Completas de San Ignacio de Loyola. Edición Manual (Madrid: BAC, 1963), Nos. 136-147, pp 225-227.
[4]           Otro nombre que se da al demonio, al diablo, a Satanás. Más adelante se sugerirá por qué San Ignacio eligió este término, y qué tiene que ver con la hipótesis que se está presentando.
[5]           Ibid., No. 146, p. 227.
[6]           Ibid. No. 142, p. 226.
[7]           Ibid.
[8]           Ibid.
[9]           Hay que recalcar de nuevo que estas reflexiones se mantienen en el ámbito de las conductas observables, y para nada pretenden pasar un juicio sobre el foro interno de la persona, a cuyo misterio sólo Dios tiene acceso.
[10]          No es el sitio para tratar con amplitud este tema de la escritura y tradición, sobre todo considerando los cuestionamientos modernos respecto a la demoniologia, Se presenta aquí simplemente la idea de que la voluntad del ser humano está sujeto a influencias positivas y adversas en sus relaciones con Dios.
[11]          Ver III Conferencia General del Episcopado Latinoamericano, Puebla, Mensaje a los pueblos de América Latina. CELAM, 1979, No. 2.2, pag. 56.

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