Ensayo sobre el pensamiento hebreo. Claude Tresmontant. Comentario

El libro persigue “caracterizar las relaciones de la metafísica implicada en los Libros Sagrados con los hábitos de la filosofía griega”[1]

“En el platonismo, lo sensible participa de la idea por una degradación, es una sombra de lo inteligible. Asimismo en Plotino, lo múltiple es una degradación del Uno, una caída; en Spinoza las cosas particulares no son más que afecciones de los atributos de Dios que se deducen de su noción; en Leibnitz la multiplicidad de las mónadas son una manera de enriquecerse lo uno multiplicándose; en Hegel es una alienación del Espíritu. En el mundo bíblico, lo sensible participa de lo inteligible por creación. Es a la vez ser y signo. Lo sensible y lo concreto tienen más realidad ontológica que en el platonismo. Es por eso que lo sensible no tiene el mismo estatuto ontológico en uno y otro mundos” [2]
“En el mito de la Caverna, Platón se sirve de una metáfora, de algo irreal. El símbolo es desencarnado, es una quimera. Solamente lo irreal puede desempeñar el papel de alegoría. Por el contrario, el hebreo utiliza lo cotidiano, la realidad común, la historia para significar los misterios que son el alimento propio del espíritu, para enseñarlos”[3]
La confrontación de los dos esquemas antropológicos (el griego, aquí representado sobretodo por Platón y Plotino; y el hebreo) presenta una problemática que no es ociosa. Atañe sobretodo a los cristianos al momento de evangelizar. ¿Qué estamos evangelizando? ¿Desde qué concepción antropológica presentamos el mensaje cristiano?  Es necesario repensar conceptos que se saben de suyo cristianos, desde su contexto original, en este caso, el judío.
Se debe así por las consecuencias, que pueden hacernos predicar realidades ajenas al evangelio (el plural es por que me incluyo dentro del grupo de personas que pensaba que algunos conceptos se deberían entender desde el Aristotelismo o más aún, desde el Platonismo, dando como resultado pseudo-problemas como: ¿en la resurrección de los muertos, resucitaremos con este cuerpo? ¿Será con uno nuevo y glorificado? ¿Será acaso solamente el alma?; estas y otras tantas preguntas no son pasajeras ni personales, las considero comunes y por esto, de implicación para el evangelismo.
Empero, a pesar de “purificar” los conceptos, habrá que revisar en qué medida algunos como la felicidad, el sumo Bien o las virtudes entendidos desde el sistema Aristotélico-Tomista traen cierta luz positiva a la hora de predicar la palabra de Dios).
“Y vio Dios que estaba bien” (Gn 1, 4. 10. 12. 18 ss) Es así como se presenta la “metafísica de lo sensible” en las Sagradas Escrituras. La creación para el judío, al ser hecha por Dios, no puede ser mala, y esto es constatado por Dios mismo. En lo sensible, en lo particular concreto el judío no tiene la necesidad, como el Platónico, de intentar evadir su cuerpo, de superar este mundo de apariencias para llegar a un mundo real de las ideas, no, mas bien, el semita se encuentra en la creación buena de Dios y él mismo es parte de esa creación.
Esto trae implicaciones en el entendimiento del amor: “el eros platónico consistiría en elevarse de una belleza sensible particular a otra belleza menos particular, hasta llegar a la belleza no sensible y universal”[4]. Recordemos que para Platón lo sensible, el cuerpo (soma) es la cárcel del alma (yuch), y de ninguna manera lo sensible podría ser “lo bueno”. Por el contrario, el amor cristiano es un amor a tal ser particular, de donde surgen los grandes discursos de filósofos como Kierkegaard, Marcel, Mouniere, y hasta me atrevería afirmar asimismo sobre los que se preocupan por la persona de alguna manera, y tratan de rescatar los derechos humanos (E.G. Ellacuria, Horkheimer, Habermass, Ortega y Gasset).
Desde el cristianismo, cuando amamos al “otro” particular, amamos al logos, pues lo creado ha sido creado por la palabra. (“Y dijo Dios…” Gn 1, 3. 5. 6. 9. 10, etc; “En el principio existía la palabra…” Jn 1, 1ss); de ahí que lo sensible sea, por esencia, significante, pues dirige nuestra mirada al creador; de ahí que afirmemos que en el “otro” está el paráclito, en el otro está Dios porque hay inhabitación de la verdad en el hombre, y la verdad es Cristo, por lo tanto la conciencia moral depende de ir o no a Cristo a partir de la libertad; por eso en el otro no veo más que un fin por sí mismo. Plotino afirmará que el particular es negativo, pues tiene añadido a su ser parte del no-ser, ya no es el Uno.
El autor aborda muchos temas con la temática ya mencionada (confrontación de concepciones), me detendré en varios que atrajeron en especial manera mi atención:
La inteligencia. Ésta es un acto que procede de la libertad del corazón, de escuchar las enseñanzas de Dios. En la Biblia la verdadera humildad consiste en buscar la inteligencia, humildad en aceptar la acción de Dios sobre nuestros corazones duros como el diamante (Zac. 7,12). Tendremos que “circuncidad, pues, vuestros corazones” (Deut. 10,16). La circuncisión para el judío era un símbolo de pertenencia al pueblo escogido, dejaba de ser muchedumbre, ahora era reflejo de la Alianza de Dios con su pueblo. Por eso Dios hará alianza con nuestra inteligencia (circuncidará nuestros corazones), y por eso estamos llamados a acrecentarla junto con la humildad.
“Os daré un corazón nuevo y pondré en vosotros un espíritu nuevo; os arrancaré ese corazón de piedra y os daré un corazón de carne. Pondré dentro de vosotros mi espíritu” (Ez. 16,26.27). Para la concepción judía la “carne” significa el “todo” humano; a diferencia del dualismo Platónico, el hombre es una unidad a manera de hilemorfismo Aristotélico. Basar (carne) y ruaj (espíritu) hacen que el cuerpo sea cuerpo humano, cuando la persona muere, no queda nada, queda polvo, pues del polvo venimos y al polvo vamos. Entonces con “corazón de carne” se debe entender “corazón humano”, y ya habíamos mencionado que  origen de la inteligencia es el corazón (ja-leb). Por eso podemos afirmar que “¡El espíritu lo pone Dios en la inteligencia humana!”
“Nada temas, Daniel, pues desde el primer día en que diste tu corazón a entender y a humillarte en la presencia de tu Dios, fueron oídas tus palabras” (Dan. 10, 2.12). Dios oye al hombre que le da la inteligencia y su humildad manifestada en la fe. La inteligencia es, además, dar gloria a Dios y darle gracias, es, pues, acción (Rom 1,21). “el pneuma de Dios viene al corazón, a la fuente de libertad…” (2 Cor 1,22) “Envió Dios a nuestros corazones el espíritu de su Hijo” (Gal. 4,6) “… os conceda espíritu de sabiduría y de revelación en el conocimiento de Él iluminando los ojos de vuestro corazón” (Ef.1,17). Si Dios viene al corazón, y éste es la fuente de libertad, entonces Dios viene a la libertad, de ahí que se le pueda negar libremente, se niega al Logos!
“El que se gloríe, gloríese en esto: en tener la inteligencia, y conocerme a mí” (Jer. 9,23) Y ¿qué es conocer a Dios? “Hacía derecho y justicia… juzgaba la causa del desdichado y del pobre… ¿No es eso conocerme? Oráculo de Yhwh” (Jer. 22,16). Hacer la justicia es conocer a Dios, no hay aquí distinción entre pensamiento y la acción. “como dirá Marx, los filósofos no han hecho más que interpretar el mundo de diversas maneras: importa transformarlo”[5] “sabemos que le hemos conocido (a Dios) si guardamos sus mandamientos” (Jn. 2,3) La inteligencia es santidad. “conocer al Santo, eso es inteligencia” (Prov. 9,10)
Hemos, hasta ahora, recopilado varios términos que son clave para entender el mensaje principal de las Sagradas Escrituras: En la era mesiánica “estará llena la tierra del conocimiento de Yhwh como llenas las aguas el mar” (Isa. 11,9).
Isaías nos dice que en esta era, la mesiánica, no habrá daño, ni habrá mal, sino que habrá justicia, y la justicia es el reflejo de la santidad. ¿Qué es ser santos? es ser inteligentes. Y ¿qué es ser justos? Es conocer a Dios y guardar sus mandamientos. Hacer justicia es darle de beber al sediento, de comer al hambriento, ponerle sweater al que tenga frío, etc.
El hacer la justicia es llevar a cabo acciones justas, que implican necesariamente al “Tú”, que es, además, lo particular sensible, destinatario primordial del amor cristiano. En consecuencia, somos más justos mientras más conozcamos a Dios, mostración del amor. La justicia es la caridad, es el ágape cristiano, que es seguir sus mandamientos. Se expresan por la justicia hacia el prójimo, que es amor, y por la justicia social.
¿Por qué no podemos ver a Dios, si le podemos conocer? El judío tiene “dos esferas” que constituyen la totalidad de su ser. La una, natural, y la otra, sobrenatural, que es la disposición a recibir el Espíritu. Antes habrá que decir que “la realización de un organismo no es más que la manifestación de lo que estaba implicado en el germen. Lo que es sensible siempre es un momento, además caduco, y el principio, por necesidad metafísica, está oculto.”[6] Ahora bien, si viéramos a Dios, o le pudiéramos ver, estaríamos viendo el principio metafísico real del cosmos, su creador, pero si lo viéramos, lo veríamos como finito, y si consideramos que él es el principio de todo lo creado, acabamos con la creación al momento mismo de ver a Dios.
En este sentido cabe recordar la palabra Musterion, donde uno de sus componentes es lo mostrado (el “ya”, según el Reino de Dios) y otro es lo que no se puede ver con claridad (el “…pero todavía no”). El musterion sería el acto Aristotélico, y además en potencia (el todavía no). Cabría hablar de esperanza cristiana en el sentido de la realización de lo venidero; junto a la fe que es la anticipación de lo real, la confianza plena y la seguridad en el Germen, o según los profetas, el Ungido, el principio de lo creado.
Para terminar este sucinto comentario quiero decir que el misterio de Dios se les da “a los de adentro” (Cf Mc. 4,11-12), que por fe dinámica ven lo real como anticipado; éstos deben responder al primer movimiento de Dios con acciones, pues hay un diálogo entre el dato percibido y el sujeto que percibe, una circulación de uno a otro y un cambio.


[1] Tomado de la Introducción. Ensayo sobre el pensamiento Hebreo. Claude Tresmontant, Biblioteca Taurus de Estudios Bíblicos, Madrid, 1962.
[2] Ibid p 15 – 16.
[3] Ibid p 92.
[4] Ibid p 94.
[5] Ibid p 183.
[6] Ibid p 187.

Leave a Reply

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out / Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out / Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out / Change )

Google+ photo

You are commenting using your Google+ account. Log Out / Change )

Connecting to %s