La palabra en Nietzsche

Quiero bien a la palabra viva:
alegremente por aquí brinca;
saluda con gentil reverencia,
es graciosa incluso en la torpeza.

Tiene casta, resopla denodada,
pues al oído del sordo se arrastra;
se ensortija y revolotea,
y todo cuanto hace deleita.

Pero la palabra es criatura tierna,
unos ratos sana, otros enferma.
Si quieres que su corta vida guarde,
has de ser con ella grácil y suave,
no manosearla ni maltratrarla,
pues muere a veces por malas miradas.

Y entonces yace tan deforme,
tan exangüe, tan frío y pobre
su cadáver cambiado gravemente,
vejado por la agonía y la muerte.

Una palabra muerta es algo feo,
es un esquelético tintineo.
¡Qué asco de todas las artes mezquinas
que matan palabras y palabritas!

(NIETZSCHE, Friedrich, Poesía completa, Trotta, Madrid, 1998, La palabra. Poesía póstuma. p. 119)

“…Es graciosa incluso en la torpeza” la palabra viva. La gracia en tanto realidad remitida, la ya mostrada por la torpeza misma (el acto) y el símbolo mediático (DE AQUINO, Tomás, Comentario al libro de Aristóteles sobre la Interpretación, En: La significación de las voces, EUNSA, Pamplona, 1999, p. 22). Pues bien, la torpeza de los actos, objeto de crítica en Nietzsche (<<“No sé quien soy ni qué hacer, soy todo lo que no sabe quién es ni qué hacer”. – Éste es el suspiro del hombre moderno… De esta modernidad estamos enfermos – de esa paz pusilánime, de ese cobarde compromiso, de toda esa virtuosa suciedad propia del sí y del no modernos. Esa tolerancia y esa largeur (amplitud), que todo lo “perdona” porque lo “comprende” todo, es para nosotros como el scirocco. ¡Mejor vivir en el hielo que entre todas esas virtudes modernas y demás vientos del sur!>>, NIETZSCHE, Friedrich, El Anticristo. Maldición sobre el cristianismo, Colofón, México, 2001, p. 111.), y ejemplificada en la actitud del moderno, es la ocasión de este trabajo, ocasión que deberá recordarse al cristiano si pretende tomar distancia de aquellos fracasados y débiles (Cf., NIETZSCHE, El anticristo…, p. 113.) a que el autor se refiere, que incluso superando épocas modernas, en la contemporánea continúa como designación común.

Continúa:“… pero la palabra es criatura tierna, unos ratos sana, otros enferma.” Este es, pues, el poder actual de la palabra pronunciada por nuestro autor, poder que se ve reflejado en el postmodernismo. “No sé”, afirmo con Nietzsche, son las palabras peligrosas, que, tintineantes, no son más que la fealdad del esqueleto; se han convertido en lema que, a modo entre temeroso y todavía con uno que otro resquicio de pena, enferman al hombre.

<< Con los sacerdotes todo se torna más peligroso, no sólo los remedios y las artes curativas, sino también la arrogancia, la venganza, la astucia, los excesos, el amor, el afán de poder, la virtud, la enfermedad; y en justicia podríamos añadir que sólo sobre el terreno de esta forma de existencia humana esencialmente peligrosa, la existencia sacerdotal, (…) el alma humana se ha vuelto malvada. (…) Los sacerdotes son los más impotentes, y desde su impotencia, crece en ellos el odio hasta convertirse en algo gigantesco y siniestro, en lo más espiritual y lo más venenoso. (…) Fueron los judíos quienes se atrevieron a invertir, con un terrorífico rigor lógico, la ecuación aristocrática de los valores (bueno = noble = poderoso = bello = feliz = amado por los dioses). “Sólo son buenos los miserables, los pobres, los impotentes, los bajos; los que sufren, los que pasan penurias, los enfermos, los feos son los únicos piadosos, los únicos bienaventurados, sólo para ellos hay bienaventuranza; en cambio, vosotros, vosotros nobles y violentos, sois por toda la eternidad los malvados, los crueles, los lascivos, los insaciables, los impíos, y seréis también, eternamente, los desdichados, malditos y condenados!”>> (Cf. NIETZSCHE, Friedrich, La genealogía de la moral, Tecnos, España, 2003, pp. 73 – 75.)

He aquí el porqué de la actualidad de la critica de Nietzsche a la moral del rebaño. La crítica se lanzó en 1887, año de publicación de su Genealogía de la moral, causó y sigue causando estragos ya desde esa época. Pero Nietzsche, y con él su crítica no sólo al judaísmo, y por ende al cristianismo, sino a las religiones en general en tanto tejedores de telarañas, embaucadores y guardianes de la verdad, no ha pasado de moda, y con esto no quiere significarse mas que lo obvio: la realidad de la religión, y aquí, lo que convierte a la religión en religión, lo que la hace ser religión, ¿se está realizando? ¿el cristianismo está haciendo lo que le competería como cristianismo? “Habla el desengañado: buscaba grandes hombres y no he encontrado nunca más que monos imitadores de su ideal” (NIETZSCHE, Friedrich, El crepúsculo de los ídolos, Tomo, México, 2004, Máxima 39, p. 19.)

¿Cuál será la palabra que sea tierna? ¿Cuál la que sane? No tendremos en cuenta, por el momento, toda la crítica que Nietzsche realiza al judaísmo y al cristianismo (la trasmutación de los valores) a lo largo de sus obras (sobretodo en el Anticristo); para este comentario será prudente solamente mencionar algunos puntos importantes que nos competen ahora mismo:

<<1) El poder de afirmar la vida en su fluir caótico, imprevisible e incontrolable sin temor a los aspectos espantosos y dolorosos que nos puedan sobrevenir, y
2) el poder armonizar las fuerzas más opuestas en apariencia sometiendo su diversidad conflictiva a una ley, a una unidad simple, lógica, categórica, a la forma clásica del gran estilo. O dicho en otras palabras: salud es, por un lado, ser lo bastante fuerte como para no temer las dificultades o las desgracias de la vida, y aprovecharlas para hacernos más fuertes y mejores. Y, por otro lado, salud es no dejarse descomponer por el caos pulsional de los propios instintos, sino hacerse dueño dle propio caos que se es y construir, a partir de él, la armonía de nosotros mismos.>> (Ibidem, NIETZSCHE, La genealogía… p. 35.)

¿Es acaso por esto que Nietzsche es considerado un vitalista empedernido? No nos ocupará esta preocupación. ¿Es que no tenemos equilibrio en nuestra vida, cayendo así en uno de los dos extremos criticados por nuestro autor? He aquí la preocupación. Hacer nuestra la crítica de los autores que golpearon, con mayor o menor fuerza, nuestra religión, para estar cada vez mejor preparados para la defensa. Es necesario, entonces, conocerlos.

“Si quieres que su corta vida guarde, has de ser con ella grácil y suave” dice nuestro poema inicial. La palabra, consiguientemente, debe ser cultivada hasta el nivel incluso de la suavidad, pero con un fundamento tan básico y tan consolidado, que convierta en grácil toda expresión que parta de la fuente. Fontanal, pues, nuestro origen de toda respuesta: res tene, verba sequentur, es decir, domina el tema, que las palabras se añaden por consecuencia. ¿Acaso, entonces, de filosofía del lenguaje nos ocuparemos en adelante, para plantarnos ante posteriores críticas? Lo neurálgico será comenzar a engrandecer las armas del conocimiento. “Es terrible morir de sed en medio del mar. ¿Necesitan ustedes salar su verdad tanto que ya ni siquiera les puede servir… para apagar la sed?”10

La verdad es una, y es inamovible e inmutable. Con verdad quiero referirme a aquella realidad a la que nos referimos cuando hablamos, la verdad, pues, genérica, que subyace a nuestras palabras. Se ha hablado de la verdad a lo largo de los años, y siempre se remite el discurso a una realidad que no ha cambiado. ¿Por qué, pues, el discurso si? Al igual que en este ejemplo citado, en el cristianismo se ve reflejada la misma verdad: el dogma de fe. Es cierto que el kerigma es el contenido de la caja, que por más que se quiera cambiar el lenguaje para presentación del evangelio en tanto evangelización, éste no se puede tocar. Es, necesariamente, lo fundamental del mensaje cristiano, lo que hace que tal y tal otro discurso sea cristiano. En el catecismo puede encontrarse tal presentación corta del “mensaje de salvación”, incluso en el credo apostólico, y ya mas desarrollado, en el credo Niceno – Constantinopolitano.

La tarea a la que todo cristiano debe responder es doble, la primera, conocer lo que el kerigma dice. La segunda, conocer de tal manera la primera, que la caja que contiene al kerigma, caja hecha de palabras, pueda ser cambiada sin peligro de la heterodoxia. Este cambio no se refiere a modificación de la realidad fontanal, que en sentido estricto modificaría solamente lo que se dice de tal realidad y no la realidad misma, sino actualización de la cajita, con fines pedagógicos (en el sentido etimológico: llevar de la mano al niño, con el fin de llegar bien al lugar pretendido).

Para la realización adecuada del cambio de nuestra caja hecha de palabras necesitamos saber el porqué, el para qué y cómo. En el porqué nos ha dado Nietzsche ya algunas ideas que pueden servir de punto de partida, pues para evitar el egipticismo, habrá que hacer que cobre vida el mensaje de evangelización. El para qué se coimplica, añadiendo el mandato bíblico (“por tanto, id pues, y hacer discípulos, y que sean bautizados en nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo” Cf. Mateo 28, 19). El cómo es el que depende del contexto del evangelizante. Si dicho evangelizante es filósofo cristiano, con más razón debe saber como contextualizar el discurso.

José Porfirio Miranda nos menciona un primer momento de contextualización, que, aunque se refiera al modernismo, nosotros podemos adoptar para responder al postmodernismo o a cualquier otra postura heterodoxa: “A partir de Max Weber, casi puede decirse que la sociología no ha hecho otra cosa que analizar el hecho histórico mencionado, (el modernismo) de suerte que la bibliografía es amplísima; sin embargo, el conjunto de cambios en cuestión puede reducirse a seis rubros: lo técnico, educativo, administrativo ( y jurídico), político, social e intelectual”11. Nos interesa entonces ubicar nuestra realidad. Nuestro entorno, ¿responde a la realidad del modernismo? ¿es postmoderna? ¿Si respondemos a la realidad D.F., respondemos también a la realidad Tlapa – Guerrero? La pregunta por la razón, por la existencia de Dios, por una ética mundial, por los meta-relatos ¿es importante? ¿tiene para comer el general de la población mexicana? Si es así, ¿dónde no? Etc.

Estos interrogantes pueden servir como punto de apoyo para la continuación de nuestra tarea como filósofos cristianos. La gradación de lo importante es esencial. Ya decía Mafalda que “El problema de nuestra sociedad es que la gente se ha preocupado por realizar lo urgente, dejando de lado lo importante”. En este sentido debemos preguntarnos ¿habrá respuestas genéricas? ¿generales? ¿es que necesitamos varias respuestas para ser aplicadas a distintas realidades? Si hay entornos diferenciados económica, política, social, culturalmente entre sí, ¿necesitamos respuestas para cada entorno? Al parecer si. El quehacer filosófico tendrá que responder adecuadamente.

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