Lo innato y lo adquirido en la homosexualidad

Artículo escrito por MANUEL DE SANTIAGO CORCHADO

El Dr. Manuel de Santiago es Profesor de Endocrinología en la Universidad Autónoma de Madrid y miembro de la Asociación Española de Bioética (AEBI).

Hallazgos científicos e interpretaciones ideológicas De tendencia rechazable a reivindicación de alternativa sexual legítima, la homosexualidad es objeto hoy de un debate que revisa todos sus planteamientos. Un amplio abanico de publicaciones sobre la cuestión y un protagonismo desmesurado del asunto en los medios sumergen al lector interesado en una polémica donde se hace difícil distinguir lo verificado y lo ideológico. Uno de los aspectos más discutidos es el peso de los genes y del ambiente en la tendencia homosexual.

Este clima favorece el creciente reconocimiento social y legal de la condición homosexual. Un reconocimiento que se iniciara -evento capital- aquel día de 1980 en que la Asociación Americana de Psiquiatría retiró la homosexualidad de su Diagnostic and Statistical Manual, una decisión que revocó dramáticamente el juicio hasta entonces vigente de la homosexualidad como trastorno del comportamiento.

La explicación del innatismoLa presión gay se hace sentir también en el ámbito de la ciencia. Como ha ocurrido en otros casos, a los científicos les ha caído el papel de jueces imparciales en litigios complejos como la vida misma, lo cual no es nada fácil. Entre otras razones porque ellos son hombres con sus ideas y sus preferencias, y porque sus sentencias no pasan de ser meras interpretaciones del conocimiento científico a la altura de cada circunstancia histórica. Y la explicación de la orientación homosexual es aún oscura y sin claves de significado definitivo, una parcela donde predominan las investigaciones no verificadas y los hallazgos de compleja, cuando no contradictoria, interpretación.

Hoy se pregunta a la ciencia si la orientación homosexual es algo “normal” o “anormal”. Y ella, obviamente, sólo puede responder con las ciencias positivas: haciendo descansar sus juicios sobre los hallazgos de la psicología, de la endocrinología, de la genética y, en fin, de las neurociencias. Algo que nunca dejará de ser parcial e insuficiente. No es de extrañar, además, que en un clima apasionado las experiencias se interpreten a veces de forma sesgada: sin deformar los datos, pero subrayando los contenidos complacientes con la ideología del autor y/o marginando aquellos aspectos sobre los que no se desea incidir.

Hoy, el tema estrella es el supuesto carácter innato de la homosexualidad, a la búsqueda ésta de un ansiado respaldo científico que proporcione respetabilidad a la comunidad gay. Algo así como que el homosexual nace, no se hace. Si la Biología demuestra que la orientación homosexual viene determinada por unos genes, tal conducta ya no podría ser socialmente cuestionada. Y pondría, a su vez, de relieve la inconsistencia de las exigencias morales.

Los primeros hallazgos sugieren que la orientación homosexual, en tanto que potencial de la persona para responder con excitación sexual ante personas del mismo sexo, no sería sólo resultado de una influencia ambiental y/o cultural, como preferentemente se ha mantenido. Se dice que, ya desde antes de nacer, como expresión de influencias genéticas, el homosexual estaría en posesión de alguna suerte de estructura biológica (enzimática, hormonal, anatómica, etc.), que habría condicionado fuertemente la cristalización de la tendencia homosexual.

Ahora bien, en el 95-98% de los mortales lo que aflora y cristaliza es la tendencia heterosexual. Por eso, se podría pensar que, aun existiendo algunos genes en relación con la identidad sexual del yo -algo perfectamente admisible-, ese escaso 2-5% de individuos de expresión homosexual representaría un fallo, una alteración -una anormalidad, en fin- de los mecanismos biológicos. Pero no, esta interpretación no está nunca presente en la discusión de los hallazgos científicos. La débil fundamentación biológica es, en cada caso, elevada a la categoría de alternativa, como si inexorablemente se viniera al mundo determinado genéticamente para ser heterosexual u homosexual. Y esto es lo que ciertamente resulta sospechoso.

Investigaciones contradictoriasAunque existían precedentes, tal vez hay que situar el inicio de estas valoraciones en 1991 a partir de los hallazgos neuropatológicos de Simon LeVay. Este investigador, y a la vez dirigente del movimiento gay de California, llevó a cabo su estudio sobre encéfalos de varones homosexuales fallecidos por SIDA.

LeVay afirma un cierto dimorfismo en estas personas respecto de los varones heterosexuales: los homosexuales tendrían de menor tamaño, como las mujeres, un determinado núcleo del hipotálamo anterior denominado INAH 3. Sobre esta diferencia que, además de no haber sido verificada podría ser cuestionada científicamente -pero que es un experimento legítimo, indudablemente-, el autor hace descansar una interpretación única, excesiva, que parece ideológica, al afirmar que el hallazgo sugiere “que los hombres homosexuales y heterosexuales difieren en los mecanismos neuronales centrales que regulan la conducta sexual”, o que “los hombres gay simplemente carecen de las células cerebrales necesarias para sentirse atraídos por las mujeres” (1).

LeVay, un inglés hijo de médicos afincado en Estados Unidos, evolucionista convencido, hace juegos malabares para dotar de sentido a la homosexualidad en la perspectiva de la selección natural, toda vez que el sexo parece fundamentado en la propagación de la especie. Esfuerzos que no por meritorios dejan de ser patéticos. Para él existen varios genes -tal vez cientos- que, en interacción con el ambiente sociocultural, determinarían la conducta homosexual, genes que podrían ser distintos en el caso de la homosexualidad femenina.

A esta primera irrupción siguieron las conclusiones de Michael Bailey y Richard Pillard en 1991 (2), basadas en investigaciones realizadas sobre gemelos. Estos investigadores hallaron que en la mitad de los casos de gemelos varones idénticos uno de los cuales era homosexual, el otro también era homosexual; mientras que, en el caso de los gemelos varones no idénticos, sólo una quinta parte -sólo uno de cada cinco- era también homosexual.

Sus conclusiones acerca del carácter innato de la homosexualidad han sido fuertemente contestadas por otros autores, que justamente deducen de tales hallazgos una interpretación diferente: con independencia de la posibilidad de un factor genético predisponente, lo decisivo para la emergencia de la orientación homosexual vendrían a ser las influencias ambientales en la primera década de la vida. Influencias entendidas en el sentido freudiano (3) -identificación con la madre en el caso de los varones por errores educacionales- o en otro sentido más amplio, como ha mantenido recientemente Van den Aardweg, al que más adelante haremos alusión.

Como se ve, juega decisivamente en el análisis de los experimentos el modo de interpretarlos. La dificultad de descifrar la verdad oculta en la conducta de las personas no escapa a nadie, como tampoco la tendencia de algunos investigadores a interpretar sus hallazgos bajo un fuerte prejuicio ideológico. La rapidez con que discutibles hallazgos científicos en la investigación sobre la homosexualidad se difunden al gran público a través de interpretaciones periodísticas acríticas, incorpora un inevitable recelo frente a la veracidad de toda esta información.

Es el caso de los trabajos de Dean Hamer, un investigador del Instituto Nacional del Cáncer en Estados Unidos, publicados en 1993 y 1995. Según este autor, en el cromosoma X (que llega siempre al varón desde el patrimonio genético de su madre) y concretamente en la región Xq28 de su brazo largo, estaría presente alguna suerte de gen que proporcionaría al varón la gaynicidad, una especie de tendencia homosexual. Pero sus estudios suscitaron sospechas de manipulación y dieron lugar a una investigación confidencial del Office of Research Integrity (4); lo cual, en concordancia con ulteriores publicaciones del mismo autor, lleva a concluir que el significado de sus hallazgos estaba, cuando menos, sobreestimado; y que no hay suficientes pruebas para que esa supuesta gaynicidad se transfiera de madre a hijo.

Biología y ambienteEn unas recientes Jornadas, celebradas en Madrid y promovidas por la Fundación Gregorio Marañón, algunos de estos investigadores tuvieron ocasión de expresar sus puntos de vista en presencia de un público muy interesado, pero escasamente preparado para debatir sus afirmaciones. Lo que es una buena analogía de la indefensión de la sociedad ante la fuerza manipuladora de las ideologías envueltas con el celofán del prestigio científico, cuando los hechos científicos sobre los que se pronuncia no están aún suficientemente verificados.

Ciertamente, un acercamiento objetivo al análisis de la homosexualidad no permite excluir alguna suerte de predisposición o de factores biológicos condicionantes de la ulterior cristalización de la orientación homosexual, al menos en algunas de estas personas (5). Pero está completamente por definir -y esto es lo que se discute- la naturaleza de este componente biológico y, sobre todo, el alcance de su significado. Falta conocer su modo de interactuar con el medio ambiente personal, familiar y cultural, que rodea a cada niño y a cada adolescente, especialmente en los años en que cristaliza primero la identidad de género (hasta los cuatro años) y luego la orientación sexual. En este sentido, el debate entre el discurso de los científicos del comportamiento y los científicos de los genes no ha hecho más que empezar.

En realidad, las claves para bucear en el mecanismo de la identidad sexual pueden tardar aún muchos años y, en verdad, asistimos sólo a los primeros escarceos. No se olvide que el origen de la conducta humana es multifactorial, y que la lógica juega a favor de que venimos al mundo condicionados fuertemente a sentir en armonía con nuestro sexo. Desde esta óptica, no se advierte imposible la pretensión terapéutica de modificar el instinto y hacer aflorar la tendencia heterosexual.

En esta línea destaca el reciente libro (6) del psicólogo holandés Gerard van den Aardweg, donde el autor se enfrenta a la actual perspectiva terapéutica de dejar consolidar el estilo de vida homosexual, para ofrecer en cambio soluciones y esperanza acerca de la posibilidad de normalizar la tendencia sexual. Aardweg niega todo condicionamiento biologista, el carácter innato, la herencia, las hormonas, etc. Él afirma que la homosexualidad tiene su origen en trastornos emotivos que se generan en la infancia y adolescencia y que, en ambos casos, puede ser prevenida o curada si se trata con paciencia y empeño.

Tendencia y actosEn esta dialéctica, la Iglesia católica ha distinguido entre la tendencia homosexual y los actos homosexuales, para aclarar en un documento de 1986 que sólo éstos merecen la calificación moral de deshonestos (7). Los homosexuales tienen derecho al respeto que merece toda persona humana, pero no existe un derecho a la homosexualidad. Esta declaración precisó también que la inclinación homosexual tampoco es indiferente y que, aunque en sí no sea pecado, constituye una tendencia más o menos fuerte hacia un comportamiento intrínsecamente malo desde el punto de vista moral. Por este motivo, la inclinación misma debería ser considerada como objetivamente desordenada.

En definitiva, con independencia de la prudencia y de la comprensión que el hecho exige, la Iglesia “mantiene firme su clara posición al respecto que no puede ser modificada por la presión de la legislación civil o de la moda del momento” (7).

Por mucha que sea nuestra comprensión del fenómeno de la homosexualidad, y, en muchos casos, del sufrimiento de estas personas; y por mucho que cuente el reconocimiento objetivo de las injusticias cometidas en este o en otro tiempo sobre esta población -lo cual supone el reconocimiento de su dignidad de personas, en su trato y en las leyes-, los católicos no podemos olvidar el grave desorden moral que está presente en los actos homosexuales, en la ejecutoria sentimental de esta comunidad, y, consecuentemente, el alto coste moral que para la sociedad puede significar una interpretación abusiva de sus derechos y libertades. Es mucho, demasiado, lo que está en juego.

(…)

El parlamentario demócrata cristiano Hans Hillen ha advertido que si se trata de equiparar la unión de homosexuales al matrimonio, se acabará por reconocer también la poligamia, pues al fin y al cabo la minoría musulmana es más amplia en Holanda que la minoría homosexual.

Aceprensa

(1) Simon LeVay, El cerebro sexual, Alianza Editorial (1995).(2) J.M. Bailey y R.D. Pillard: A genetic study of male sexual orientation, “Archives of General Psychiatry”, 48, 1089, 1991.(3) Steven Goldberg: What is normal?, “National Review”, 3 febrero 1992.(4) Eliot Marshall: NIH’s Gay Gene Study Questioned, “Science”, vol. 268, 30 junio 1995.(5) De hecho, la propia Iglesia católica así lo había expresado ya al reconocer en su día, de forma tácita, que “se hace una distinción, que no parece infundada entre los homosexuales, cuya tendencia, proviniendo de una educación falsa, (…) es transitoria o a lo menos no incurable, y aquellos otros homosexuales, que son irremediablemente tales por una especie de instinto innato o de constitución patológica que se tiene por incurable” (Congregación para la Doctrina de la Fe, Declaración Persona humana acerca de algunas cuestiones de ética sexual, 29 diciembre 1975).(6) Gerard van den Aardweg, Omosessualità & speranza, Ed. Ares, Milán (1995), 189 págs. Cfr. servicio 136/95.(7) Congregación para la Doctrina de la Fe, Carta a todos los obispos sobre la atención pastoral a los homosexuales, 1 octubre 1986.

Para leer el artículo completo, este link

o, en caso de que ya no esté, lo puedes bajar de aquí

Este artículo fue escrito en 1996. El mismo autor escribió otro artículo con las mismas lineas fundamentales que éste en el “Manual de Bioética” del 2001 (Ed. Ariel, Gloria María Tomás Garrido coord.), pp. 389-402. Pronto lo compartiré con ustedes!

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