La bioética y su quehacer en latinoamérica

Un cuento sufi:

Un hombre a quien se consideraba muerto, fue llevado por sus amigos para ser enterrado. Cuando el féretro estaba a punto de ser introducido en la tumba, el hombre revivió inopinadamente y comenzó a golpear la tapa del féretro. Abrieron el féretro y el hombre se incorporó. “¿qué están haciendo?”, dijo a los sorprendidos asistentes. “¡Estoy vivo! ¡No he muerto!”. Sus palabras fueron acogidas con asombrado silencio. Al fin, uno de los presentes se decidió a hablar: “Amigo, tanto los médicos como los sacerdotes han certificado que habías muerto, y ¿cómo van a equivocarse los expertos?”. Así pues, volvieron a atornillar la tapa del féretro y lo enterraron debidamente.

Entre los diversos problemas a los que la bioética presta atención están no sólo los relativos al área médica, en investigación y práctica clínica, existen muchos otros, como “la protección de los nichos biológicos, el cuidado de la biósfera, la preservación de especies en peligro de extinción, las medidas adecuadas para la creación y manejo de seres biológicos transgénicos (…) la urgencia de mejorar las condiciones de vida y la repercusión del poder adquisitivo de los salarios para ello, o la ingente premura que reviste el acceso de todos los humanos a dotaciones suficientes de agua potable”1, sin olvidar incluso los dilemas que la neuroética plantea, como el problema mente-cuerpo, la identidad del yo, el problema determinismo-libertad, además del retorno a la naturaleza humana accedida desde un método empírico, la naturaleza de la moral, una ética universal basada en el cerebro2, etc.

Contextualizandonos, las cuestiones más apremiantes y “difíciles de responder en la región – latinoamericana – no se refieren a cómo se utiliza la tecnología médica, sino quién tiene acceso a esa tecnología. (aclaración a la cita) Se debe proponer una bioética pensada desde un nivel “macro” (la sociedad en su totalidad) como alternativa a otra desde un nivel “micro” (solución de cuestiones clínicas) de la tradición angloamericana (…) Es decir, una bioética restringida a un “bios” de alta tecnología y a un “ethos” individualista (privacidad, consentimiento informado) necesita ser integrada en América Latina a un “bios” humanista y un “ethos” comunitario (solidaridad, equidad, alteridad) (…) Pues la latinoamericana es una realidad de exclusión y limitaciones (…) y que, en una época de cólera y sarampión, exige un punto de vista social que defienda el bienestar, la justicia y la equidad antes que los derechos individuales y las virtudes personales. Una “macroética” en salud pública se puede proponer como alternativa a la tradición angloamericana de “microética” o ética clínica”3.

Recordemos nuestro cuento sufi del inicio. La situación, más allá de la comicidad draconiana implícita, alude a la imposición de cultura hegemónica, en donde los “científicos”, que son los que “saben” (y así, los médicos, los políticos, los académicos, etc.), están configurados culturalmente a partir de un marco conceptual, y por lo tanto también tienen un lenguaje propio y conceptos propios, valores, necesidades y apreciaciones propias, que no mucho se alejan de la inconmensurabilidad circunstancial (sea ésta política, económica, religiosa, social, tecnológica, etc.), están como el oso, que le preguntó al mono cuando lo vio sacar un pez del agua y colocarlo en la rama de un árbol: ¿Qué demonios estás haciendo? El mono contestó “estoy salvándole de perecer ahogado”. Lo que para uno es comida, es veneno para otro.

Sin embargo, la inconmensurabilidad conceptual que requeriría traducción, y que depende de principios lógicos y metodológicos, así como de proposiciones sustantivas tenidas por verdaderas, no es del todo realidad, a causa de la divergencia, es decir, a causa de la diversidad cultural que permea nuestro México; sí, doliente y enfermo, sí, con subdesempeño crónico, pero “nuestro” México. Empero, tenemos que evitar que atornillen nuestro féretro con nosotros adentro, aún vivos!

Rescatemos los elementos apuntados hasta aquí: la idea de nociones “absolutas” imbricadas con un marco único conceptual, que describiría verdadera, incorregible y completamente al mundo, se antepone a la diversidad cultural mexicana, en donde la interacción entre sujetos que parten de marcos conceptuales diferentes exige un diálogo de aceptación y reconocimiento, no sólo de persuasión; exige una competencia comunicativa en términos epistémicos, es decir, con base en la fuerza de las razones, de las pruebas, del apoyo empírico y de los argumentos. Esto es lo que L. Olivé denomina “condiciones puras de racionalidad”, y que la ética intercultural llamará corresponsabilidad, humanización y limitación de la globalización desbocada, que garantice la justicia allende obliteraciones de las éticas de cada cultura específica, con base en normas básicas de convivencia, en principios que suponen los participantes según sus distintas cosmovisiones y sistemas morales. Con lo dicho ya podemos atisbar resquicios bioéticos, señalémoslos. En la interacción transcultural, principalmente hay dos actores: Las numerosas comunidades culturales (tanto indígenas como minorías étnicas) y aquellos que son responsables de la elaboración y ejecución de políticas estatales e institucionales que afectan las diferentes culturas y que actúan desde normas, valores, conceptos, creencias y fines.

Más allá de propiciar relativismos culturales, que desembocan irremediablemente en relativismos morales, se busca la homogeneidad social (contra lo que sugeriría un hegeliano o un neoaristotélico “de hueso colorado”, como el coral, de donde proviene la frase). Se trata de proponer la aceptación de principios éticos universales, como lo ha hecho Ernesto Garzón Valdés, sin pasar por alto las peculiaridades culturales locales y regionales, y esto se podría lograr cuando todos los miembros gocen de los derechos directamente vinculados con la satisfacción de sus bienes básicos desde un previo consentimiento efectivo, que no hipotético. Es lo que Carlos Pereda denomina “uso regulativo o prima facie” del consentimiento que da prioridad a la autointerpretación acerca de las necesidades propias por encima de la interpretación de otros agentes ajenos o externos.

Por que una afirmación de superioridad y, en consecuencia, una valoración negativa de las culturas de los otros que son en este caso las culturas de los dominados, debe dejarse de lado frente a la alternativa, que plantea un esquema que pretende aumentar y consolidar el ámbito de la cultura propia de cada grupo, reforzar la capacidad de decisión y los ámbitos en los que cada grupo con una cultura distintiva puede ejercer su autonomía.

La reflexión hasta aquí comentada apunta a una dirección específica: zanjar la distancia entre la teoría y la praxis, especificidad que caracteriza a la bioética, para no presentar un mero compendio de recetas, es decir, allende la realidad. Si la bioética se caracteriza por su aporte en la colaboración directa en la tarea de abrir espacios para la intervención participativa de los ciudadanos con nuevas figuras institucionales como los comités de bioética, ayuda a abrir el espacio para la participación en un proceso de deliberación creador de valores y ampliar, en general, el debate a la sociedad en su conjunto4. Es así, pues, que la bioética tiene mucha adendas a las aportaciones de la teoría política, de la sociología, de la antropología, de la religión, de la ética en temas de la justicia distributiva y equidad, etc., pero son adendas desde ellas, es decir, las toma en cuenta. Aún más, abrir la posibilidad de diálogo no sólo de presupuestos epistémicos, sino también de principios y presupuestos éticos, nos lleva necesariamente a la revisión crítica de los propios, nos lleva a aprender de otros y a la posible comprensión de significados ajenos a nuestra propia cultura, es decir, se amplía nuestro horizonte5.

Adela Cortina considera que el paso del “yo” al “nosotros” es a través de la formación democrática de la voluntad, en la que se valora sobre todo el momento de las propuestas, el intercambio de argumentos y justificaciones para avalarlas, el acuerdo entre las partes acerca de qué compromisos adquiere cada una para llevar a cabo lo que le corresponde y actuar conjuntamente6. Con lo mencionado hasta aquí, la formulación del problema bioético se engloba de la siguiente manera: ¿cómo realizar el paso del “yo” al “nosotros” teniendo en cuenta al “yo” y al “nosotros”? Por eso el anhelo de Justo Sierra cuando pronunció su discurso inaugural de la Universidad Nacional encaja perfectamente: “Cultivar voluntades para cosechar egoísmos, sería la bancarrota de la pedagogía; precisa imantar de amor a los caracteres; precisa saturar al hombre de espíritu de sacrificio para hacerle sentir el valor inmenso de la vida social, para convertirlo en un ser moral, en toda la belleza serena de la expresión”.

1Cfr. Viesca T, Carlos, Bioética. Concepto y Métodos, Diálogos de Bioética, UNAM, 2007, p. 31.

2Cfr. Cortina, Adela, Neuroética: ¿ética fundamental, o ética aplicada?, pp. 205 – 224; Bonete Perales, Enrique, Neuroética, pp. 172 – 204, en: Diálogo Filosófico. No. 80, Mayo/Agosto 2011. Neuroética.

3Calderón Legarda, Germán, Una lectura crítica de la bioética latinoamericana, en: Leo pessini, Christian de Paul de Barchifontaine, Fernando Lolas coordinadores, Perspectivas de la bioética en iberoamérica, OPS/OMS, 2007, pp. 280 – 281.

4Cfr. Rivera, Silvia, Bioética y participación democrática, en: Bioética y sociedad, II Seminario Internacional “Por una cultura de paz”, Universidad Nacional de Entre Ríos, Paraná, 2000, p. 4.

5Cfr. Velasco Gómez, Ambrosio, Hermenéutica, Multiculturalismo y democracia, UNAM, México, p.4.

6En: Cortina, Adela, Democracia deliberativa, El País, opinión, 24-08-2004 (http://www.elpais.es/articuloCompleto.html?xref=20040824elpepiopi_6&type=Tes&anchor=elpepiopi )

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