Lectura comentada a “La fundamentación de la metafísica de las costumbres”, de Immanuel Kant.

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La voluntad general – la ley – es a lo moral, como descubrimiento, lo que la atracción universal – la gravedad – es a lo físico”, comenta Eugenio Ímaz, en el prólogo de la recopilación de textos kantianos en castellano recopilado por sugerencia del Lic. García Maynez intitulada “Filosofía de la historia”. Y sigue, “y si Kant comete una revolución copernicana en el ámbito del conocimiento es porque trata de fijarle sus límites – al factum de la filosofía, a saber, la moral – haciéndole ver sus Anmassungen: sus pretensiones excesivas1. Pero esta voluntad general sólo categorizada imperativamente como voluntad pura, para que cobre el dinamismo progresivo que reclama el reino inteligible de los fines, que, a su vez, sólo es posible por analogía con un reino de la naturaleza2. Pues bien, en cualquier filósofo, a juicio de Ímaz, sería extraño que sus pensamientos políticos fueran meras charlas de sobremesa, más o menos luteranas (¡!), en donde le sea permitido al sabio el desahogo de hablar ligeramente de cosas fuera de su profunda mirada, más aún, es caracterizado el filósofo, en contraposición del hombre religioso, y continuamos con Ímaz, por su preocupación por este mundo, y este mundo, hasta ahora, nos viene envuelto en una atmósfera política3. Sin embargo, consideramos que el hombre religioso es el que precísamente más preocupación tiene con el mundo, y por consecuencia con la política, desde el pensamiento mismo de Kant4.

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Pero antes de hacerse cargo del mundo y su politicidad, incluso antes de hablar del hombre religioso cuyas condiciones de posibilidad de su obrar correcto están ligadas al poder causal de Dios y a la unión del hombre con otros hombres en una comunidad ética5 (datos que no nos han de ser ajenos para un análisis bioético posterior), habrá que remitirse, en un primer momento, a la razón como determinante de la acción moral, para que en un segundo momento podamos, aventurandonos un poco y quizá hasta estirando algo a Kant en ciertos puntos, aplicar el discurso que nos compete a los asuntos mencionados.

Como menciona García Morente en su pequeñísimo comentario inicial a la traducción al castellano de la GMS, las principales obras de Kant que tienen por asunto la ética son tres: 1. Crítica de la razón práctica; 2. Metafísica de las costumbres, y la GMS. Esta última, que nos toca comentar, tiene por objeto descubrir y exponer el principio fundamental de la moralidad y criticar su posibilidad, que son como sus cimientos, sin desenvolver el sistema mismo de la moralidad, ni la teoría de los deberes y del derecho, como sí lo hace, en cambio, la crítica de la razón práctica6.

Muy conocidas son las últimas palabras de Kant en su Crítica de la razón práctica con respecto a la moral: “Dos cosas llenan el ánimo de admiración y veneración siempre nuevas y crecientes, cuán mayor es la frecuencia y persistencia con que reflexionamos en ellas: el cielo estrellado sobre mí y la ley moral dentro de mí (…) la segunda comienza en mi yo invisible, en mi personalidad y me exhibe en un mundo que tiene verdadera infinitud pero que sólo el entendimiento puede percibir y con el cual (y por lo tanto también con todos esos mundos visibles) me reconozco en una conexión no sólo accidental, como en aquél, sino universal y necesaria7”.

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Y sí, universal y necesario es el intento de Kant en el sentido de circunscripción de una filosofía moral pura limpia de todo cuanto pueda ser empírico, objeto de la experiencia, es decir, teorías que se derivan exclusivamente de principios a priori(GMS, 12-13). Y la necesidad de una filosofía de tal envergadura responde a que las costumbres están expuestas, nos dice Kant, a toda suerte de corrupciones siempre que les falte ese hilo conductor y norma suprema de su exacto enjuiciamiento (GMS, 15). Esta filosofía es el intento de Kant por “unir creativamente la tradición crítica del empirismo inglés con la sistematización metafísica del racionalismo continental (…) Y es que Kant verá el aporte positivo de uno y otro lado, pero también sus limitaciones (…) Kant distingue entre la facticidad del dato experimental, que tanto enfatiza la tradición empirista inglesa, de la objetividad del discurso científico como característica de la racionalidad del mismo que, siguiendo a la tradición racionalista, Kant atribuye a la actividad a priori del sujeto pensante o <Cogito>8.

Y me pregunto, ¿pues qué no sigue siendo actual tal pretensión? Si la validez se limita a cada hombre, el fundamento de una obligación que debe llevar consigo una necesidad absoluta que aplique a todo hombre se ve en detrimento y se legitimiza la arbitrariedad. Además, lo que debe ser moralmente bueno, para serlo, no debe únicamente ser conforme a la ley moral, sino que tiene que suceder por la ley moral, y para tal cometido, eligió Kant “pasar analíticamente del conocimiento vulgar a la determinación del principio supremo del mismo, y luego volver sintéticamente de la comprobación de ese principio y de los orígenes del mismo hasta el conocimiento vulgar, en donde encuentra su uso” (GMS, 18), por lo cual la obra se estructura en tres capítulos:

Primer capítulo: Tránsito del conocimiento moral vulgar de la razón al conocimiento filosófico.

Segundo capítulo: Tránsito de la filosofía moral popular a la metafísica de las costumbres.

Tercer capítulo: Último paso de la metafísica de las costumbres a la crítica de la razón pura práctica.

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El punto de partida en este método es el conocimiento común de la moralidad; “tal punto de partida es algo ya conocido como verdadero y seguro que nos permite remontarnos hasta sus fuentes u orígenes aún no conocidos, los cuales son la ley moral y la libertad. La GMS proporciona un análisis de la conciencia moral ordinaria que, comenzando con los juicios morales que emitimos comúnmente, busca poner de manifiesto las bases de estos juicios mediante la formulación de la ley moral (expresada como imperativo categórico) y la postulación de la libertad (entendida como condición para la realización de lo ordenado por tal imperativo)9.

El puesto que el imperativo categórico y sus diversas formulaciones (GMS, 57 – principalmente -, 70, 72, 77, 78) han tenido en la historia poseen una divulgación suficiente, empero, consideramos que la libertad, en cambio, puede ser causa de algunos comentarios, por lo que aquí se intentará un acercamiento a la GMS desde estas dos categorías (la ley moral y la libertad), por demás imbricadas.

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Las cualidades del temperamento, entre los que destacan el valor, la decisión y la perseverancia en los propósitos, y los talentos del espíritu, como el entendimiento, el gracejo y el juicio (entendido como facultad de juzgar), pueden ser buenos y deseables o malos y dañinos. El que sean lo uno o lo otro depende de la voluntad que hace uso de estos dones naturales, puede rectificar y acomodar a un fin universal, y, por tanto, constituida ya como buena y pura, hace que el ser que es dueño de tal voluntad esté satisfecho, y así, puede ser digno de ser felíz (GMS, 19-20). Subráyese el sentido de esta felicidad y su relación con la voluntad descrita, que es un fin siempre condicionado.

La razón tiene un fin y propósito más digno, que se encuentra más allá de la felicidad, y este es un fin primero e incondicionado. Nos ha sido concedida para conseguir este fin y, como fin práctico, es una facultad que tiene influjo sobre la voluntad, por lo cual restringe en muchos modos la consecución de la felicidad (GMS, 23). La voluntad buena es contenida en el concepto “deber”, en el sentido específico que se encuentra allende la mera inclinación o miedo, es decir, distinta de orientar las acciones conforme al deber (e.g. conservar la vida); orientar las acciones por deber coadyuva a que éstas posean contenido moral, y son dignas por tanto de estimación, no por su propósito o fin – a posteriori – sino por su principio – a priori -. El deberha de ser una necesidad práctico-incondicionada de la acción; ha de valer, pues, para todos los seres racionales” (GMS, p. 62); llámese deber a la necesidad objetiva de una acción por obligación (GMS, 81). Guiar las acciones por un principio subjetivo del querer es seguir una máxima, en cambio, guiar las acciones por un principio objetivo, por tanto a todos los seres racionales, es la ley práctica, y esta ley, para serlo, debe excluir por completo el influjo de la inclinación, debe dominarla por medio de la razón, que, por ser razón, está orientada a la buena voluntad (GMS 24-29). En esta línea de ideas, comenta Marx – aunque en otro contexto, sin hacer daño aquí – que “en la actitud hacia la mujer se manifiesta en forma sensible, como un hecho evidente, la medida en que la esencia humana ha pasado a ser naturaleza, o la medida en que la naturaleza a pasado a ser esencia humana del hombre. O sea que por esta actitud se puede juzgar del grado de la cultura general del hombre”10. La naturaleza del hombre es ser animal;la esencia humana del hombre es ser racional. Ser animal es dejarse dominar por los instintos. Ser racional: Por medio de la razón, dominar los instintos. Los instintos en el hombre son los vicios – lo contrario a las virtudes – (e.g. enojo, insensatez, enemistad, mentira, despotismo, falta de educación, etc., en general, no pensar antes de actuar). Las virtudes en el hombre son el valor, moderación (sensatez), generosidad, magnificencia, majestuosidad, ambición, mansedumbre (inmutabilidad), sinceridad, amistad, gentileza, cortesía, honor (en general, guiar las acciones humanas por la razón). Por lo tanto, el hombre que actúa más de acuerdo a la razón, es más humano. El hombre que actúa menos de acuerdo a la razón, es más animal. El hombre que domina más sus instintos, es más virtuoso. El hombre que domina más sus instintos, es más culto. Y también Hegel: “El hombre es lo que tiene que ser, solamente mediante cultura, mediante disciplina; lo que el hombre inmediatamente es, es sólo la posibilidad de serlo, e.g. sólo la posibilidad de ser racional y libre, sólo la destinación y el deber de serlo11. Por eso “lo que por autoconsciencia percibimos como constitutivo del yo es la autodeterminación (…) Ya nos decía Hegel que el hombre no es libre porque cierto movimiento empieza en él, sino porque puede frenarlo y decidir él mismo en qué medida ese factor ha de ser determinante o no del todo. Por eso, yo soy solamente lo que se relaciona con mi libertad12. Nuestro autor, en el mismo sentido de ideas, afirma que el animal obedece al ordenamiento mecánico de su existencia, los hombres procuran su perfección a partir de la razón13, “pues los hombres no se mueven, como animales, por puro instinto14, por eso el humano que no es social, el que dispone de todo lo que le place, el que es perezoso, no tiene cultura, es más animal, carece de moral, porque el valor que le damos a la vida humana, por sobre la vida vegetal y la animal depende de la continuada ilustración: “!Sapere aude! ¡ten el valor de servirte de tu propia razón!15, por medio del trabajo y del esfuerzo16; y subrayemos lo antes dicho sobre la razón, señor que quebranta la voluntad: “Interés es aquello por lo que la razón se hace práctica, es decir, se torna en causa determinante de la voluntad. Por eso sólo de un ser racional se dice que toma interés en tal o cual cosa; las criaturas irracionales sólo sienten impulsos sensibles” (GMS, 107).Image

La voluntad no se determina nunca, entonces, a sí misma, “sino sólo por los motores que actúan sobre la voluntad en vista del efecto previsto de la acción”, por lo que “hay que poner de fundamento en mi sujeto otra ley, según la cual necesariamente quiero esa otra cosa, y esa ley, a su vez, necesita un imperativo que limite esa máxima (GMS 87), y esta es la causa de que un imperativo hipotético no pueda universalizarse, en cambio, la ley es “el principio objetivo válido para todo ser racional; es el principio según el cual debe obrar; esto es, un imperativo (…) El imperativo categórico es, pues, único y es como sigue: obra sólo según una máxima tal que puedas querer al mismo tiempo que se torne ley universal” (GMS 56-57). Como principio válido para todo ser racional, no es un fundamento subjetivo del deseo, es fundamento objetivo, motivo si se quiere, y sirve como tal, a la voluntad, de autodeterminación, es decir, es un fin. Por eso, “el hombre, y en general todo ser racional, existe como fin en sí mismo, no sólo como medio para usos cualesquiera de esta o aquella voluntad” (GMS, 65), y esta es la materia de toda buena voluntad, que está dispuesta como fin por la razón para sí misma (GMS, 78). En el reino de los fines (enlace sistemático de distintos seres racionales por leyes comunes GMS 72), cabe resaltar que lo que se halla por encima de todo precio – y que no puede ser sustituido por algo equivalente – eso tiene dignidad, y constituye la condición para que algo sea fin en sí mismo, que en un ser racional es la condición llamada moralidad, justificada por la participación del ser racional en la legislación universal (GMS, 73-75). Ésta, junto con la mesura en las afecciones y pasiones, es decir, el dominio de sí mismos, así como la reflexión sobria, constituyen el valor interior de las personas (GMS, 20, 100). Estos seres racionales, en tanto pertenecen a este reino como miembros de él legislando, pero también siendo sujetos a esas leyes, por libertad de su voluntad, autodeterminada por su razón, son personas (GMS 73, 79). Tal reino de los fines, según reglas impuestas a sí mismo, es posible solamente por analogía con un reino de la naturaleza, según leyes de causas eficientes exteriormente forzadas, de no ser así, todo hombre tendría que representarse como sometido a la ley natural de sus necesidades.Image

El ser racional no puede contar con que los demás, así como él, tengan como referencia a los seres racionales como fines suyos, y dice Kant: “aunque el ser racional no puede contar con que el reino de la naturaleza y la ordenación finalista del mismo con respecto a él, como miembro apto, habrá de coincidir con un posible reino de los fines, realizado por él, esto es, habrá de colmar su esperanza de felicidad…” (GMS, 80). ¿Qué significa que la felicidad se colme de esperanza? !La felicidad se encuentra en la moralidad! Desde la razón que funda una voluntad buena (Cfr. GMS, 20, 80). ¿Cómo se colma de esperanza la felicidad? Cuando coincide el reino de la naturaleza y el reino de los fines. Por eso, “la moralidad es, pues, la relación de las acciones con la autonomía de la voluntad, esto es, con la posible legislación universal, por medio de las máximas de la misma” (GMS, 81). El principio de la autonomía puede ser, entonces, equiparable a la constricción moral. “Como ser racional, – no como perteneciente al mundo sensible, bajo leyes naturales – y, por tanto, perteneciente al mundo inteligible, no puede el hombre pensar nunca la causalidad de su propia voluntad sino bajo la idea de la libertad, pues la independencia de las causas determinantes del mundo sensible (…) es libertad. Con la idea de la libertad hállase, empero, inseparablemente unido el concepto de autonomía, y con éste el principio universal de la moralidad…” (GMS, 97-98). Porque “el magnífico ideal de un reino universal de los fines en sí (seres racionales), al cual sólo podemos pertenecer como miembros cuando nos conducimos cuidadosamente según máximas de la libertad, cual si ellas fueran leyes de la naturaleza, produce en nosotros un vivo interés por la ley moral” (GMS, 111). Para Kant, por eso, ¡se es libre sólo si se actúa moralmente bien!. Además, en ningún modo esta ley moral es individualista, todo lo contrario, “pues, siendo el sujeto fin en sí mismo, los fines de éste deben ser también, en lo posible, mis fines, si aquella representación ha de tener en mí todo su efecto” (GMS, 69) (acaso puedan encontrarse resquicios de alteridad a partir del personalismo, y hacer incluso comentarios sobre la compasión con ocasión de este reino de los fines).Image

Concluyendo, podremos, aunque no dejando de ser idealistas, y sabemos que nunca será muy aventurero, adherirnos a este apotegma de Kant: “no hay nadie, ni aun el peor bribón, que, si está habituado a usar de su razón, no sienta, al oír referencias de ejemplos notables de rectitud en los fines, de firmeza en seguir buenas máximas, de compasión y universal benevolencia (unidas estas virtudes a grandes sacrificios de provecho y bienestar), no sienta, digo, el deseo de tener también él esos buenos sentimientos” (GMS, 100).

Y sólo para no dejar a Marx “volando”, con respecto a la cultura constitutiva a la libertad, a la moral, a la autonomía y a la moralidad, Kant comenta bellamente: “El hombre tiene una inclinación a entrar en sociedad; porque en tal estado se siente más como hombre, es decir, que siente el desarrollo de sus disposiciones naturales. Pero también tiene una gran tendencia a aislarse; porque tropieza en sí mismo con la cualidad insocial que le lleva a querer disponer de todo según le place y espera, naturalmente, encontrar resistencia por todas partes, por lo mismo que sabe hallarse propenso a prestársela a los demás. Pero esta resistencia es la que despierta todas las fuerzas del hombre y le lleva a enderezar su inclinación a la pereza y, movido por el ansia de honores, poder o bienes, trata de lograr una posición entre sus congéneres, que no puede soportar pero de los que tampoco puede prescindir. Y así transcurren los primeros pasos serios de la rudeza a la cultura (…) cambiar la ruda disposición natural para la diferenciación moral17.Image

1Kant, I., Filosofía de la Historia, FCE, México, 2010, Prólogo, pp. 2-3.

2Cfr. Kant, I., Fundamentación de la metafísica de las costumbres, Ediciones Encuentro, Madrid, 2003, p. 79. (En adelante, GMS, por sus siglas en alemán: Grundlegung zur Metaphysik der Sitten).

3Cfr. Ibidem, Kant, I., Filosofía…, p. 5.

4Cfr. Plata Pineda, O., La antropología de <la religión dentro de los límites de la mera razón>, ARETÉ, Vol XXII, No. 2, 2010 , 260, 262, 268, 274.

5De Zan, Julio, La utopía kantiana de la comunidad ética, ISEGORÍA, 33, 2005, p. 155: “Ya la GMS concluía con la apelación a una fe racional que se abre en los confines de la filosofía práctica, y vislumbraba «el magnífico ideal de un reino de los fines en sí», al cual podemos ingresar y pertenecer como miembros en la medida en que nos conducimos en la vida práctica según máximas reconocidas y libremente asumidas que se fundan en el respeto de la ley moral. Este reino de los fines del que habla la Grundlegung puede considerarse como un primer esbozo de la idea de la comunidad ética universal de la Filosofía de la Religión”.

6Cfr. Ibidem, GMS, p. 7.

7Kant, I., Crítica de la razón práctica, FCE/UAM/UNAM, 2011, 289 (En adelante, KpV, por sus siglas en alemán: Kritik der Praktischen Vernunft).

8Mora Rodríguez, A., Lógica trascendental y razón crítica en Kant, Instituto Tecnológico de Costa Rica, Enero-junio, año/vol. 11, núm 002, p. 3.

9Ibidem, KpV, Estudio preliminar, XV.

  1. 10 Marx, K., Obras, Manuscritos económico-filosóficos de 1844, t. 42, p. 115

11Hegel, La razón en la historia, Berlin, 1972, citado en: Miranda, J. P., La revolución de la razón. El mito de la ciencia empírica, Sígueme, Salamanca, 1991, p. 27.

12Ibidem, Miranda, J.P., La revolución de…, p. 375.

13Ibidem, Kant, I., Filosofía de..., p. 44.

14Ibidem, Kant, I., Filosofía de..., p. 40.

15Ibidem, Kant, I., Filosofía de..., p. 25.

16Ibidem, Kant, I., Filosofía de..., p. 48, 50.

17Ibidem, Kant, I., Filosofía de..., p. 47.

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