La calidad de la vida. Reflexiones sobre el aborto.

Resumen del Cap. 13 “La calidad de las vidas”, del libro1 de Philip Kitcher, Las vidas por venir.

Algunas personas viven la vida a la deriva, sin pensar jamás en una dirección, sin lograr nada y mueren sin arrepentimiento. Por el contrario, algunas otras personas que incluso puedan estar sufriendo gran dolor, podrían superar obstáculos importantes y construir una vida que les produzca verdadera satisfacción. Las vidas humanas son mucho más que la suma de sus experiencias agradables o dolorosas. Es por eso que las concepciones que cada individuo tiene de sí mismo con respecto al valor de su vida personal y los valores con los que traten de ordenar su vida son fundamentales, que dependen íntimamente de la capacidad para formarse una idea del yo, de la que depende la capacidad para formularse a sí mismo lo que es importante: la esencia de una vida mínimamente valiosa es el ideal que ha elegido esa persona para dar dirección a su vida.

¿Cuál es el propósito de mi vida?

El sentido del yo puede cambiar a lo largo de la vida, a medida que adquirimos conciencia de posibilidades que no habían figurado en nuestra primera concepción de nosotros mismos, en el grado en que ideales nuevos aparezcan.

Pues bien, lo que es importante para generar una medida de la calidad de una vida depende de varios factores como la posibilidad de concebir lo que es valioso e importante, la capacidad de darle sentido a la propia vida, la esperanza de poder fomentar aspiraciones y planes, y presentarse una gama de posibilidades como metas personales. Por eso la calidad de una vida humana puede evaluarse atendiendo a tres dimensiones: la primera se refiere a determinar si la persona ha desarrollado alguna noción acerca de lo que es importante y cómo se formó dicha concepción. La segunda evalúa la medida en que se han satisfecho los deseos que son centrales para el plan de vida de esa persona. Por último, la tercera se refiere al carácter de la experiencia de la persona, el equilibrio de dolor y placer.

Por eso las vidas que no se forman una concepción de lo que es importante han marchado mal, y las vidas en las que existe mayor libertad en el proceso de la formación marchan mejor. En toda vida debe haber un poco de lluvia, pero el lugar donde caiga esa lluvia es muy importante; todos podemos tolerar los chubascos en la periferia. Las tormentas que caen en el centro de nuestra existencia son algo muy diferente. El mapa que establece el centro y la periferia representa nuestra idea personal de lo que es importante. La prioridad de las necesidades difiere inmensamente en razón de su proximidad a nuestra concepción de lo importante.

Ante la advertencia de una decadencia muscular inevitable, por ejemplo, la información genética es pertinente, no porque descarte la posibilidad de una vida de gran calidad, sino porque restringe las opciones de la persona en ciernes, y sólo deja margen para que se desarrollen intereses centrales que la mayoría de la gente sería incapaz de satisfacer. Así como debemos resistirnos a la idea de que nuestros genes son nuestro destino, también debemos oponernos a adoptar el punto de vista contrario: no somos infinitamente plásticos, ni se nos puede moldear siguiendo cualquier dirección que marque el entorno correspondiente.

Por eso, pese a lo grave de las consecuencias, los próximos padres pueden sólo tratar de decidir en forma responsable si dar continuidad o no a la vida en prospecto; las reflexiones serias sobre la posible calidad de la vida futura constituye parte fundamental, pues la vida nueva tendrá consecuencias, y la más evidente es que afectará a los propios padres. Las elecciones dolorosas sopesan distintas preocupaciones. En primer lugar está la calidad de la vida en prospecto, evaluada conforme a las distintas consideraciónes antes señaladas. A continuación están las implicaciones para otras vidas, afectadas de forma directa e indirecta. Por último, está el valor de la vida fetal que está en proceso, un valor que quedaría destruido si se interrumpiera el embarazo. Lo correcto en este tipo de decisiones simplemente se basa en el hecho de que quienes siguen procedimientos responsables llegan a un acuerdo. Pues, si es correcto determinar la suerte de un feto tras examinar la calidad de vida de la persona que se desarrollaría a partir de él, entonces, al parecer, también deberíamos tomar decisones respecto al futuro de pacientes que son mantenidos con vida de forma artificial ponderando la calidad del futuro que les espera, porque lo que está en el centro no es siplemente la vida humana, sino una persona, alguien cuyos intereses y derechos no deben ser pasados por alto. Es imperativo que nos aseguremos de que la decisión de terminar la vida está motivada por el amor y no por la avaricia, y habrá que recordar que generalmente corremos el peligro de ser seducidos por la idea de que debemos optar en todo caso por la vida.

“…muchos de los juicios hechos en situaciones en las que intervienen las pruebas prenatales reflejan la imposibilidad, o la escasa probabilidad, de que la persona que se desarrolle a partir del feto alguna vez sea capaz de tener un sentido de lo que es su propia vida. La enfermedad de Tay-Sachs es un caso extremo, pero claro (…) Otros tipos de déficit cognoscitivos y emocionales nos conducen en la misma dirección, pues excluyen la posibilidad de cualquier concepción personal de lo que es valioso e importante. Los ejemplos graves del síndrome X frágil, la enfermedad de Lesch-Nyhan, la neurofibromatosis y otras afecciones similares no cumplen con la condición necesaria de permitir una vida siquiera de calidad modesta”

1Kitcher, P., Las vidas por venir. La revolución genética y sus posibilidades para los seres humanos, UNAM, México, 2002, pp. 265 – 278.

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